238. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Oct. 2026 | CAROLINA MORA – Deja que tome tu mano

CAROLINA MORA escribe poesía bajo el nombre de Adétòkunbọ̀. Poeta travesti, afrocolombiana y de origen campesino. Su obra aborda el cuerpo, el territorio, la memoria y las experiencias trans desde una perspectiva situada. Es colombiana, actualmente vive en Bogotá y trabaja una escritura de carácter contemporáneo, político y anticolonial. Cuenta de Instagram: @lamismisimacaro

 

 

DEJA QUE TOME TU MANO

 

Deja que tome tu mano

y te baje la calle

hasta la cocina,

donde las preguntas se hacen

al ras del vapor y se responden en voz baja.

 

Solo hasta que se te encienda la cara,

o hasta que las respuestas se te atoren entre dientes.

 

Ven.

 

Caminemos.

 

Tomadas de la mano, o no.

 

Salgamos del teatro en el que apagan la luz

y cien abrigos dejan de crujir.

 

Afuera, el zinc recibe la tormenta a puñados.

 

Que el aguacero nos encuentre

sin paraguas, sin escampadero.

 

Podemos las espinas:

ojos que ordenan,

risa corta, de tijera,

murmullo que se enciende cuando entramos.

 

Te juro por Obá:

alzaré un templo

donde cae la piedra,

y a cada marca en la piel

le pondré una puerta.

 

 

LA PERRA

 

Una más

Una menos

 

Bella a la hora en que el barrio

cierra las cortinas metálicas

 

Cabello de hilo hasta la cintura

caderas balanceándose al paso

la cabeza por encima de los cables

 

Tacones

minifalda

transparencias

 

Bajo las tangas

una navaja

tan larga como su verga

 

Perra del barrio

 

Fuma

 

El humo le pasa por la cara

y sigue

 

Ochenta mil pesos

Ocho bocas

Cuatro cuerpos llenos de pecado

 

Los billetes doblados

en el fondo del bolso

 

Una parte viaja

otra se queda

 

Si hay hambre

abre el bolso

 

Si hay fiebre

se queda

 

El filo duerme con ella

 

Esta mañana

los tacones siguen junto a la cama

 

La calle amanece

 

Sin nombre

sin firma

 

En el aire

Chanel

y alcantarilla

 

Tacones

minifalda

transparencias

 

La calle sigue ahí

sin pena

 

 

 

CARMEN

 

Subí. El vidrio guardaba el frío de la madrugada. Mi chaqueta de parches rozó la ventana mientras Carmen ajustaba el retrovisor. En las uñas, el esmalte carmesí se abría en pequeñas grietas. Anunció la siguiente parada. El diésel entró por las ventanas.

Antes de arrancar, dio dos golpes en el tablero. Un mechón se había soltado del peinado. Junto al maquillaje, la sombra azul de la barba.

Una señora pasó las cuentas del rosario entre los dedos.

Un muchacho dormía contra la ventana. Al fondo, un hombre contaba monedas. La avenida arrastraba buses, vendedores de tinto, agua de lluvia.

Carmen esperó al último pie.

Subieron una estudiante con un cuaderno enorme y un hombre cuyo overol llevaba yeso hasta los pliegues. Tres muchachas interrumpieron la conversación. En el espejo, siguieron la mandíbula de Carmen. Una risa salió desde el fondo.

Carmen puso la direccional.

Abrió la curva para dejar pasar a un ciclista. Antes del semáforo, frenó para que un anciano alcanzara el tubo.

—Gracias.

Carmen asintió.

Una mujer subió con un niño contra el pecho. Carmen esperó a que la pañalera dejara libre la puerta. Sus uñas marcaron el volante: dos golpes, una pausa, otro golpe.

—Eso es un hombre.

Las cuentas del rosario siguieron sonando.

El motor vibró bajo los pies.

Carmen miró el retrovisor.

Volvió al carril.

Sonó el timbre. Bajaron unos. Subieron otros. Un muchacho la llamó por su nombre. Carmen alzó dos dedos del volante.

Sonrió.

Yo llevaba las botas húmedas de la noche anterior. Cuando Carmen golpeó el tablero antes de la siguiente salida, mis dedos repitieron el gesto en el borde de la silla.

Miré el retrovisor.

Carmen cambió de marcha.

Al bajar, otras piernas ocuparon el pasillo.

La puerta se cerró.

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