William Velásquez Vásquez, nació en Turrialba, Costa Rica en 1977. Estudió Diseño Publicitario en la Universidad Autónoma de Centroamérica (UACA). Forma parte del equipo de gestión cultural de Turrialba Literaria. Cuentos y poemas de su autoría aparecen en las antologías Crónicas de lo oculto (Editorial Club de Libros, Costa Rica, 2016), Voces del café (Nueva York Poetry Press, 2018), Entra-Mar II (Sakura Ediciones, Colombia, 2018) y Le Parole Grondanti – Antologia della Nuova Poesia Centroamericana – Vol.II (Fermenti Editrice, Italia, 2021), así como en las páginas literarias Norte/Sur, Poetripiados y Ablucionistas (México), Buenos Aires Poetry (Argentina), Literariedad (Colombia), Casa Bukowski y Altazor (Chile), Nueva York Poetry Review (EE.UU) y Tiberíades (España). Colaboró como redactor en la Revista Digital Glass Onion (Argentina). Ha publicado los poemarios Los dictados del mar (2018), Tocadiscos (2020) y Un animal, el viento (2022) bajo el sello editorial Nueva York Poetry Press.
EL BESO DE LAS NEBULOSAS.
Para E. y F. que se encontraron de nuevo
¿Sabías que una gota de agua
empieza a formar la estalactita,
que de unas débiles ninfas brotan, altivos, los imagos;
y la envoltura de una estrella brilla después de su muerte
hasta por diez mil años?
Tu padre puede dar fe
que apenas somos larvas de la eternidad;
embriones apaciguados en aparente eclosión
esperando con temor el surgir de las alas,
el color de las edades consumidas,
la capacidad no anhelada de volar
más allá de lo concreto.
Hoy que de nuevo lo abrazas,
pregúntale y verás que parecemos
crisálidas humanas bajo un capullo de piel que palpita;
emana calor lo mismo que experiencias
y se aferra al sueño de la realidad
para cohibirse de la elevación definitiva.
Su polvo y el tuyo entrecruzaron sus átomos,
y un doble anillo de luz
se va soldando en el universo.
Al fin comprendes los argumentos
de nuestra metamorfosis:
ahora son calcitas que cuelgan en su caverna inexorable,
dos mariposas monarcas,
nebulosas que por fin se besan.
En este lado del tiempo, en cambio,
somos acuosos minerales que aguardan la caída,
mandíbulas de una oruga que rompe su seda,
almas que han postergado la fuga,
despedidas rociadas por el llanto sideral de los milenios.
ANOTACIONES SOBRE LA BELLEZA
“Si la belleza sostiene una cabeza
bien puede sostener el mundo.”
ANTONIO GAMONEDA
Algún día entenderemos que lo bello está en la sangre,
esa marea que se agita en su vaivén intravenoso.
Sabremos el valor del latido y el instinto
y no ataremos más los ojos
sobre el instante epidérmico.
La piel que se erigía en escultura será escombro
cuando la edad y el frío se revelen
en la penumbra y soledad de la noche y el alma.
Y como en juego de contraluces,
nuestros semblantes serán el calco
del mapa que albergamos del rostro de los abuelos.
Algún día le daremos su valor preciso al cuerpo:
una impermanencia más en el curso de los vientos.
NUESTRA MATERIA
No estamos hechos sólo de polvo:
también llevamos color de almendro,
cenizas de juventud,
tribulaciones,
necesidad
y miradas de firmamento.
Tenemos labios en colisión
– nuestra materia es el sentimiento –
nos dieron alma para el amor,
caricias que palian la soledad
y concupiscencia para alegrar el cuerpo.
Somos glaciar ante el opositor,
fogata para pocos amigos.
Nuestro legado es la ilusión,
credo la tierra para labrar
y testamento cada camino.
Cantamos trovas de tornasol
pintamos óleos de la conciencia,
bailamos danzas de ambigüedad,
y el diario fragor
mina el cimiento de nuestra esencia.
Comemos aire, sudamos pan,
nos desvelamos pregonando un sueño
sin reparar en las lecciones
que con dolor recibimos
en la cátedra del tiempo.
Por eso al morir no sólo al polvo volvemos:
retornamos a la esperanza
en que fuimos concebidos;
al reconcomio de las capitales
o al remanso de los cerros.
Y hay quien un día, como por ensalmo,
ve pasar la sombra de sus ancestros.
TACHUELAS
A abuelo Nido
I
Vagamente recuerdo tu rincón de trabajo:
el peso de tu edad
prensaba el viejo taburete,
-tu mesa de operaciones-
cirujano del calzado desvaído,
artista del remiendo y la costura,
zapatero jorobándose ante el cuero endeble.
Martillo en mano preparas la estocada,
metódicamente se cierra la llaga,
untas el cemento para cauterizar la herida.
En tu quirófano de suelas,
como Lázaros gemelos resucitaban los zapatos,
tachuela a tachuela canjeabas tus monedas;
y de nuevo, en tu casa, la mesa sonreía.
II
Alguna madrugada, ya viudo y retirado,
te escuché tras la pared implorándole a tu Cristo,
“Concede el alivio a mi cuerpo enfermo”.
Ese día comprendí el terrible punzar del cielo:
el taburete de Dios fueron los años
el calzado a remendar ya eras tú, abuelo,
pero no había ya más pegamento para tus grietas
y la vida, inexorable, sus tachuelas te hundía.
III
El último domingo que me acerqué a la Iglesia,
casi tuvimos que cargarte al final de la homilía.
Mamá te llevó a casa, yo regresé con mi familia,
con otra tachuela clavada en mi garganta
y un raspón en carne viva que aún no cauteriza.
¡Mira qué herencias dejan los años!
pronto tus grietas serán las mías.
EL DOLOR DE LA BELLEZA
Un solo grano de arena basta
para herir las valvas de la ostra.
Accidente que activa su mecanismo de defensa.
Capas y capas de nácar segrega el molusco,
recubren al invasor en una majestuosa perla.
Una ostra sin perla jamás ha sufrido.
Muerte e incertidumbre,
enfermedad y tristeza
son los granos de arena en el alma del poeta.
Las palabras son el nácar que repelen su dolor.
Sus poemas son las perlas que enquistan esas heridas.
Ningún ser sin sufrimiento
jamás será capaz de articular un verso.
El poeta es un molusco en proceso de sanación.