115. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Jun. 2026 | CECILIA BONET – Nueve casas

CECILIA BONET es una escritora argentina que reside temporalmente en Australia. Escribe poesía, ensayos, crónicas y relatos de viaje atravesados por la experiencia de la migración y la lectura. Es profesora de Letras y desarrolla proyectos vinculados a la literatura y la enseñanza del español. Comparte reseñas, reflexiones y textos propios en Instagram: @cesoteca. Sus publicaciones pueden leerse en www.lacesoteca.com.

 

 

 

 

Nueve casas

 

Las puertas de mi casa fueron nueve

las conté un día que mi vecina estaba a los gritos

y me quise mudar

 

en ese momento eran ocho, después me mudé

a otro continente

y nunca más volví a ver a mi vecina vomitando el baño

 

tuve siempre vecinos desgraciados

y por desgraciados digo:

sin gracia

y por sin gracia digo:

caídos en desgracia

 

mi vecina la de veinte hijos y treinta perros

cuya cara nunca vi

mi vecino que le decían el negro pero mi mamá

le decía marrón

y tenía un quiosco y se murió

en un accidente de moto

mis vecinas que iban a la iglesia protestante y discutíamos

entre la diferencia de la hostia y el pan

 

después dejamos el barrio

y hasta muchos años después

los vecinos no tendrían rostro

 

esa fue una buena época

teníamos una casa chica rodeada de edificios

y escuchabas voces y conocías las costumbres

pero después

cuando los veías en la calle

no había forma de saber

 

había uno que cantaba zamba

y yo iba al patio y lo escuchaba cantar

estoy segura que era el hijo mayor de una madre

con muchos hijos y un marido

que llegaba tarde de trabajar y les gritaba

a mí me daba miedo y me acuerdo

que mi mamá me dijo

así debo haberme escuchado yo cuando

ustedes eran chicos en Barrio Jardín

 

mi siguiente casa fue en otra ciudad

arriba de una librería de monjas

y después en un edificio insípido

en otro país

y después de nuevo

otra casa de vecinos sin rostro

 

así llegué a mi primer edificio de departamentos

un señorío digno de describir:

la señora del cuarto piso con su pelo blanco y lacio hasta los hombros

que conoció a todos los chicos que fueron a casa y que me hacía chistes hasta que

un día hizo arreglar el techo

y me avisó

pero yo me olvidé y usé el baño igual y ella vino llorando

la señora del piso dos

que no me dejaba atar las bicis en la baranda de la vereda ni en el árbol del patio de luz

ni subirlas por el ascensor

la señora del piso diez que conocía a mi papá y nos quería

hasta que le cortamos el gas

 

todo un club de señoras de pelo blanco

subiendo termotanques eléctricos por el ascensor

 

mi casa número siete es la que más amé:

en mi casa número siete

tuve doscientas setenta y tres plantas

dos patios y un balcón

una cama inmensa donde durmieron más de cien personas

y el centro de una manzana repleta de gatos

que entraban al dormitorio como si fuese su casa

y dormían la siesta conmigo y después se iban y no volvían

como si entendiesen las reglas del lugar

 

esa casa podría haber sido mi vida y habría sido hermosa

si no fuese porque me fui

 

regalé mis plantas

abracé a la Flo

y me mudé a un monoambiente a dos océanos de distancia

donde lo único que me gustaba

era el cuadro de Klimt que coronaba mi cama

igual al que hay en la casa de mis papás

y que me robé del pasillo principal cuando llegué y vi

los amantes recostados en un abrazo

que debería haber sido de pie

 

en ese cúmulo despojado de toda belleza vivíamos

una pareja silenciosa de japonesas con quienes nunca hablé

pero que limpiaban el baño y por eso

y porque no hablaban

me caían bien

un inglés que se afeitaba sobre la bacha y dejaba los pelos ahí

un español que me habría resultado simpático en otras circunstancias

y la señora

que empezó queriéndome y terminó gritándome

can you pleeeeaaaase stop slamping the doooooors

 

a esa casa le compré dos plantas y las regué

y le llené el piso de sangre y de llanto

y le puse mosquitero a las ventanas

y dormí con personas a las que eventualmente amé

y aun así

fue la casa que menos quise

 

ahora está la casa desde la que escribo esto

y como una rueda que hubiese dado una vuelta completa

(aunque no por eso va a dejar de girar)

me siento como en mi primera casa

 

en este pueblo como en mi primer barrio

la gente cuchichea chismes de los que no me entero

los chicos patean la pelota contra mi pared

y juegan a las escondidas a los gritos mientras yo quiero dormir la siesta

y me acuerdo de mi mamá que odiaba tanto

a los vecinos y las pelotas de fútbol que caían en mi patio

 

el verdulero pasa con su camión vociferando

que tiene pomodoro melanzane y pesca

un vecino canta a los gritos y no entiende

por qué su compañero de casa lo abandonó

 

y yo me levanto todas las mañanas

y mientras me preparo el mismo desayuno que hacía mi mamá

en la casa de Barrio Jardín

para nueve personas

reconozco que mi casa es cualquier lugar

donde tenga una cama y un vecino

para invitar a dormir

 

 

Qué blanco está el cielo hace unos días

 

Me encontré una mañana

preparando el desayuno y recitando

poemas que aprendí de tanto repetirlos

 

descubrí así que podía pasar horas

diciendo en voz altas palabras

como mantras

como oraciones

 

poemas que aprendí

como se aprende a rezar

 

poemas que me enseñaron a amar y a olvidar.

 

Así rezo yo cuando me levanto

al dios de las palabras

 

Elegí mis propios responsorios

mis propias letanías

aunque la costumbre

milenaria

de rezar

no me pertenezca

ni a mí ni a las maitines de mis padres

 

y cuando me quedé sin oraciones

encontré

estos poemas

que en algún lugar de esta tierra

alguien que ya no vive

puso sobre una mesa y me dejó

que yo los mire

pensando quizá nunca

que se convertirían

en la oración

de alguien que vive solo

que busca en las palabras

caminos

ajenos

algo

que le explique

que le diga

algo de todo

 

Lucas, qué blanco que está el cielo acá hace unos días

el mar no deja de rezongar

quisiera contarte

que la planta que compré y que pensé que moría

sacó dos flores blancas

y mandarte una foto que me saqué

un día que pensé

que a vos te gustaría

 

 

 

 

Cuidado, esto es una carta de amor

 

Te escribo esta carta sabiendo que nunca te la voy a mandar.

Y la escribo así, en segunda persona,

porque es tu imagen leyéndola la que me hace avanzar en las palabras.

No es la primera que te escribo, lo sabemos

Escribo cartas siempre que las manos no me alcanzan

y ahora que estoy tan lejos y que no me alcanzan nunca

es a veces la única forma que tengo de hablar.

Si te tendría cerca haría lo de siempre:

abrazarte por la espalda, un desayuno,

hacerme un bollito sobre tu falda y recostar la cabeza sobre los huesos de tu pecho,

mirarte estudiar.

Y aunque no hace falta que te diga

cuánto te quiero

lo digo igual, como siempre

mil veces, dos mil veces

cuatro veces en la misma frase y otra más

después de saludarte.

 

Te escribo esta carta también

porque cerré mis ojos hoy antes de dormir

y me acordé de tu cabeza en mi misma almohada y no pude sino sonreír

aunque esa almohada sea la misma y vos te acuestes esta noche sobre ella

y esa almohada esté

a miles de kilómetros de la mía

 

más de un océano

más de un continente

más de un avión

 

y sin embargo ya no lloramos, ¿ves?

qué lindo puede ser todo a veces aunque sea en los segundos

en que cerramos los ojos antes de dormir.

Y si te extraño mucho

me acuesto de costado y dibujo

el contorno de tu cuerpo detrás del mío:

mi cabeza debajo de tu cuello

tu pecho apoyado en mi espalda

mis nalgas sobre tus muslos

tus piernas largas cubriendo

los dedos de mis pies pequeños

y tus manos apretándome los pechos como si quisiesen guardar en la palma

la memoria de su espesor.

Tu cuerpo blanco y alto y lampiño

y desnudo

que es la otra forma que tiene en mi memoria.

Desnudo, escurriéndose con las manos después de bañarse

o quieto debajo del agua

dejándote enjabonar por mí durante horas.

Un acto de alabanza

enjabonarte la espalda

el pecho

los brazos hasta la punta de los dedos

arrodillarme en frente tuyo y enjabonarte los muslos

los genitales dormidos

las nalgas

las pantorrillas

las plantas de los pies

y pedirte que lo hagas conmigo y reírme

de tu detenimiento en mis pechos

del tiempo que te tomabas para lavarlos enteros

de a uno

 

La primera vez que dormí con otro chico acá

lo tuve que echar en mitad de la noche

cuando estiré mi mano

y descubrí que su mano no era la tuya.

No podría confundir tu mano ni aunque quisiese;

la mano más suave de la tierra

como si nunca hubiese tocado nada que no sean mis pechos.

Abrazar hemos abrazado tanto. Todo el contacto, los cuerpos replegándose uno sobre el otro

pero de la mano sólo puedo dormir con vos.

Agarrarnos las manos

como una medida de distancia prudencial

como cuando hacíamos fila en la primaria

la máxima distancia posible soportable

saber que el otro cuerpo sigue ahí

sin necesidad de atropellarlo todo

la distancia justa de los brazos:

esa es la medida de tu amor.

Siempre la fue;

dejarme mi espacio

para que me desperece

para que me expanda

y sin embargo estar ahí

con la suavidad de tu mano servida

como caricia o como rescate.

 

Cuando llegué acá me pregunté muchas veces cómo haría

para olvidarme de vos.

De reírnos hasta la madrugada y de tus mates

que son los mejores mates de este mundo y de tus ojos

que son los más negros de este mundo.

 

Ahora ya no me pregunto lo que sé.

No espero -no esperamos-

volver a encontrarnos.

Es decir: no estamos a la espera de.

Te miro sonreír a veces cuando hablamos

y ya no busco el olvido.

No sólo porque sé que quizá no sea posible sino

porque me privaría

de algunos olores que no existen más allá de vos

y de tu cuerpo y de tu risa y

-qué riesgo, repetir estas palabras-

y de tus ojos.

 

Creo que hay algo que el mar me devolvió

después de llevarse todo.

Me encuentro pensando en nuestro amor y no es

la tristeza de lo que ya no existe

el peso de un pasado luminoso

ni la memoria melancólica de lo que no va a volver sino

el recuerdo de que todo es posible.

 

 

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