CECILIA BONET es una escritora argentina que reside temporalmente en Australia. Escribe poesía, ensayos, crónicas y relatos de viaje atravesados por la experiencia de la migración y la lectura. Es profesora de Letras y desarrolla proyectos vinculados a la literatura y la enseñanza del español. Comparte reseñas, reflexiones y textos propios en Instagram: @cesoteca. Sus publicaciones pueden leerse en www.lacesoteca.com.
Nueve casas
Las puertas de mi casa fueron nueve
las conté un día que mi vecina estaba a los gritos
y me quise mudar
en ese momento eran ocho, después me mudé
a otro continente
y nunca más volví a ver a mi vecina vomitando el baño
tuve siempre vecinos desgraciados
y por desgraciados digo:
sin gracia
y por sin gracia digo:
caídos en desgracia
mi vecina la de veinte hijos y treinta perros
cuya cara nunca vi
mi vecino que le decían el negro pero mi mamá
le decía marrón
y tenía un quiosco y se murió
en un accidente de moto
mis vecinas que iban a la iglesia protestante y discutíamos
entre la diferencia de la hostia y el pan
después dejamos el barrio
y hasta muchos años después
los vecinos no tendrían rostro
esa fue una buena época
teníamos una casa chica rodeada de edificios
y escuchabas voces y conocías las costumbres
pero después
cuando los veías en la calle
no había forma de saber
había uno que cantaba zamba
y yo iba al patio y lo escuchaba cantar
estoy segura que era el hijo mayor de una madre
con muchos hijos y un marido
que llegaba tarde de trabajar y les gritaba
a mí me daba miedo y me acuerdo
que mi mamá me dijo
así debo haberme escuchado yo cuando
ustedes eran chicos en Barrio Jardín
mi siguiente casa fue en otra ciudad
arriba de una librería de monjas
y después en un edificio insípido
en otro país
y después de nuevo
otra casa de vecinos sin rostro
así llegué a mi primer edificio de departamentos
un señorío digno de describir:
la señora del cuarto piso con su pelo blanco y lacio hasta los hombros
que conoció a todos los chicos que fueron a casa y que me hacía chistes hasta que
un día hizo arreglar el techo
y me avisó
pero yo me olvidé y usé el baño igual y ella vino llorando
la señora del piso dos
que no me dejaba atar las bicis en la baranda de la vereda ni en el árbol del patio de luz
ni subirlas por el ascensor
la señora del piso diez que conocía a mi papá y nos quería
hasta que le cortamos el gas
todo un club de señoras de pelo blanco
subiendo termotanques eléctricos por el ascensor
mi casa número siete es la que más amé:
en mi casa número siete
tuve doscientas setenta y tres plantas
dos patios y un balcón
una cama inmensa donde durmieron más de cien personas
y el centro de una manzana repleta de gatos
que entraban al dormitorio como si fuese su casa
y dormían la siesta conmigo y después se iban y no volvían
como si entendiesen las reglas del lugar
esa casa podría haber sido mi vida y habría sido hermosa
si no fuese porque me fui
regalé mis plantas
abracé a la Flo
y me mudé a un monoambiente a dos océanos de distancia
donde lo único que me gustaba
era el cuadro de Klimt que coronaba mi cama
igual al que hay en la casa de mis papás
y que me robé del pasillo principal cuando llegué y vi
los amantes recostados en un abrazo
que debería haber sido de pie
en ese cúmulo despojado de toda belleza vivíamos
una pareja silenciosa de japonesas con quienes nunca hablé
pero que limpiaban el baño y por eso
y porque no hablaban
me caían bien
un inglés que se afeitaba sobre la bacha y dejaba los pelos ahí
un español que me habría resultado simpático en otras circunstancias
y la señora
que empezó queriéndome y terminó gritándome
can you pleeeeaaaase stop slamping the doooooors
a esa casa le compré dos plantas y las regué
y le llené el piso de sangre y de llanto
y le puse mosquitero a las ventanas
y dormí con personas a las que eventualmente amé
y aun así
fue la casa que menos quise
ahora está la casa desde la que escribo esto
y como una rueda que hubiese dado una vuelta completa
(aunque no por eso va a dejar de girar)
me siento como en mi primera casa
en este pueblo como en mi primer barrio
la gente cuchichea chismes de los que no me entero
los chicos patean la pelota contra mi pared
y juegan a las escondidas a los gritos mientras yo quiero dormir la siesta
y me acuerdo de mi mamá que odiaba tanto
a los vecinos y las pelotas de fútbol que caían en mi patio
el verdulero pasa con su camión vociferando
que tiene pomodoro melanzane y pesca
un vecino canta a los gritos y no entiende
por qué su compañero de casa lo abandonó
y yo me levanto todas las mañanas
y mientras me preparo el mismo desayuno que hacía mi mamá
en la casa de Barrio Jardín
para nueve personas
reconozco que mi casa es cualquier lugar
donde tenga una cama y un vecino
para invitar a dormir
Qué blanco está el cielo hace unos días
Me encontré una mañana
preparando el desayuno y recitando
poemas que aprendí de tanto repetirlos
descubrí así que podía pasar horas
diciendo en voz altas palabras
como mantras
como oraciones
poemas que aprendí
como se aprende a rezar
poemas que me enseñaron a amar y a olvidar.
Así rezo yo cuando me levanto
al dios de las palabras
Elegí mis propios responsorios
mis propias letanías
aunque la costumbre
milenaria
de rezar
no me pertenezca
ni a mí ni a las maitines de mis padres
y cuando me quedé sin oraciones
encontré
estos poemas
que en algún lugar de esta tierra
alguien que ya no vive
puso sobre una mesa y me dejó
que yo los mire
pensando quizá nunca
que se convertirían
en la oración
de alguien que vive solo
que busca en las palabras
caminos
ajenos
algo
que le explique
que le diga
algo de todo
Lucas, qué blanco que está el cielo acá hace unos días
el mar no deja de rezongar
quisiera contarte
que la planta que compré y que pensé que moría
sacó dos flores blancas
y mandarte una foto que me saqué
un día que pensé
que a vos te gustaría
Cuidado, esto es una carta de amor
Te escribo esta carta sabiendo que nunca te la voy a mandar.
Y la escribo así, en segunda persona,
porque es tu imagen leyéndola la que me hace avanzar en las palabras.
No es la primera que te escribo, lo sabemos
Escribo cartas siempre que las manos no me alcanzan
y ahora que estoy tan lejos y que no me alcanzan nunca
es a veces la única forma que tengo de hablar.
Si te tendría cerca haría lo de siempre:
abrazarte por la espalda, un desayuno,
hacerme un bollito sobre tu falda y recostar la cabeza sobre los huesos de tu pecho,
mirarte estudiar.
Y aunque no hace falta que te diga
cuánto te quiero
lo digo igual, como siempre
mil veces, dos mil veces
cuatro veces en la misma frase y otra más
después de saludarte.
Te escribo esta carta también
porque cerré mis ojos hoy antes de dormir
y me acordé de tu cabeza en mi misma almohada y no pude sino sonreír
aunque esa almohada sea la misma y vos te acuestes esta noche sobre ella
y esa almohada esté
a miles de kilómetros de la mía
más de un océano
más de un continente
más de un avión
y sin embargo ya no lloramos, ¿ves?
qué lindo puede ser todo a veces aunque sea en los segundos
en que cerramos los ojos antes de dormir.
Y si te extraño mucho
me acuesto de costado y dibujo
el contorno de tu cuerpo detrás del mío:
mi cabeza debajo de tu cuello
tu pecho apoyado en mi espalda
mis nalgas sobre tus muslos
tus piernas largas cubriendo
los dedos de mis pies pequeños
y tus manos apretándome los pechos como si quisiesen guardar en la palma
la memoria de su espesor.
Tu cuerpo blanco y alto y lampiño
y desnudo
que es la otra forma que tiene en mi memoria.
Desnudo, escurriéndose con las manos después de bañarse
o quieto debajo del agua
dejándote enjabonar por mí durante horas.
Un acto de alabanza
enjabonarte la espalda
el pecho
los brazos hasta la punta de los dedos
arrodillarme en frente tuyo y enjabonarte los muslos
los genitales dormidos
las nalgas
las pantorrillas
las plantas de los pies
y pedirte que lo hagas conmigo y reírme
de tu detenimiento en mis pechos
del tiempo que te tomabas para lavarlos enteros
de a uno
La primera vez que dormí con otro chico acá
lo tuve que echar en mitad de la noche
cuando estiré mi mano
y descubrí que su mano no era la tuya.
No podría confundir tu mano ni aunque quisiese;
la mano más suave de la tierra
como si nunca hubiese tocado nada que no sean mis pechos.
Abrazar hemos abrazado tanto. Todo el contacto, los cuerpos replegándose uno sobre el otro
pero de la mano sólo puedo dormir con vos.
Agarrarnos las manos
como una medida de distancia prudencial
como cuando hacíamos fila en la primaria
la máxima distancia posible soportable
saber que el otro cuerpo sigue ahí
sin necesidad de atropellarlo todo
la distancia justa de los brazos:
esa es la medida de tu amor.
Siempre la fue;
dejarme mi espacio
para que me desperece
para que me expanda
y sin embargo estar ahí
con la suavidad de tu mano servida
como caricia o como rescate.
Cuando llegué acá me pregunté muchas veces cómo haría
para olvidarme de vos.
De reírnos hasta la madrugada y de tus mates
que son los mejores mates de este mundo y de tus ojos
que son los más negros de este mundo.
Ahora ya no me pregunto lo que sé.
No espero -no esperamos-
volver a encontrarnos.
Es decir: no estamos a la espera de.
Te miro sonreír a veces cuando hablamos
y ya no busco el olvido.
No sólo porque sé que quizá no sea posible sino
porque me privaría
de algunos olores que no existen más allá de vos
y de tu cuerpo y de tu risa y
-qué riesgo, repetir estas palabras-
y de tus ojos.
Creo que hay algo que el mar me devolvió
después de llevarse todo.
Me encuentro pensando en nuestro amor y no es
la tristeza de lo que ya no existe
el peso de un pasado luminoso
ni la memoria melancólica de lo que no va a volver sino
el recuerdo de que todo es posible.