124. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Jun. 2026 | CARLA MONROY – Un cuarto sagrado

CARLA MONROY. Carla Fernanda Sánchez Ceballos o en el gremio literario, Carla Monroy, es psicóloga, escritora y docente mexicana. Ha colaborado en distintas revistas literarias con ensayo y poesía. Fue publicada en su primera antología poética “Árnicas ¿cómo nacemos mujeres?” de la colectiva La Muy Fiera en 2024. Actualmente, estudia y explora la hibridación literaria como una propuesta decolonial para los procesos de escritura. Instagram: @carla.ez

 

 

 

 

La desdicha

 

Todo lo que cabe en una historia

se esconde en la sombra del sonido:

el canto de la noche al fuego en la memoria,

las estrellas susurrantes

le hablan a la herida

que se agrieta

entre polvo, alquitrán y tristeza.

La desdicha generacional cabe en un cenicero.

El humo de vidrio decapitó el lenguaje de mi padre.

La neblina y el asma no le dejaban aire suficiente

para pronunciar su presencia ante mi abuelo.

Bruma.

Espesor.

Bocas selladas.

Ceniza.

 

Todo lo que cabe en una casa

esconde el dolor de una historia.

Hay una fiebre en el fuego del silencio;

al cruzar la puerta, enfermedad pulmonar.

Sibilancias tan agudas como el abandono.

Veo la tensión en la mandíbula de mi padre,

casi escucho el rechinido de palabras magulladas

entre sus dientes.

Las manos nerviosas como de niño, como de decir papá

ayuda    mírame    di    haz    ven   aunque sea     algo

 

pero

hayunsilencioquecomprime

 

— oiga, jefe ¿pero cómo ha estado? ¿todo bien acá con mi mamá?

 

Mi abuelo apenas movía los ojos para decir sí.

No había esfuerzo para la pronunciación, no para su hijo,

no para el hijo débil y asmático.

La desdicha es una invocación a la herida

que mi padre dejó enterrada en el jardín,

pagado con las manos sucias de grasa de auto

de mi abuelo.

La casa, un cuerpo enfermo con la boca sellada.

Ser hombre, el síntoma constelado en el patio trasero.

 

 

Todo lo que cabe en el dolor,

la historia y su sonido

es un abismo,

al que mi padre

se ha lanzado

en silencio.

 

 

 

 

Un cuarto sagrado

 

El cuarto abierto

era la boca del animal.

Mi curiosidad de niña,

la carnada

y entré

cuando mi abuela no veía.

 

Camino pegajosamente sobre las cosas

y sus nombres

con las costillas llenas de asombro.

Calculaba la edad del monstruo dormido,

había vejez acumulada

en cada uno de los rincones.

El tocador era un mundo de revelaciones,

la lengua fría.

Pasé mis dedos y encontré aretes de mi abuela,

perfumes florales y encendedores,

todos sobre carpetas cosidas a mano.

Había algo vivo en el olor que desprendía

la arquitectura sagrada del monstruo,

un mensaje espiritual.

Un cuarto pequeño para una cama pequeña,

sábanas deslavadas como símbolo de divinidad.

Me quedé quieta frente a la imagen

de la Virgen de San Juan de los Lagos,

del pastillero de Tums.

Creí en la magia

en el encanto de la fábula del silencio

que me hizo mirarme al espejo.

Respirar con la niñez entreabierta.

Algo se escapa y no regresa.

Algo se da y no vuelve más.

Camino de puntitas a la ventana,

apenas mis ojos descubren el valor

de asomarse desde lo alto

y contemplar la vida

a solas.

 

 

 

mi pequeña pérdida

 

mi niñez se derrapa en banano

estrepitosa

en el patio de mi abuela

 

el sonido de unas llantas de plástico huecas

que desvanecen su color morado

en un baile rodante

al compás de las carcajadas humeantes

de las bocas alquitranadas de mis abuelos

y de mi tía que dice:

 

      ¡sujétate bien mija, no te vayas a voltear!

 

me aferraba entonces a sujetar sus manubrios morados

y banano sostenía mi cuerpecito inocente

tan ávido tan imperante

por descubrir horizontes de patio a patio

de ladrillo barnizado

de sombras calladas de ropa tendida

y todos los mundos misteriosos sembrados en el jardín

 

en cada impulso hacia adelante

o hacia atrás

un sentido de pertenencia

una complicidad como ninguna otra

 

en su vaivén aprendí a mirar alegre el mundo

recargo mi espalda

en la curva perfecta de banano

y cuánta memoria

fiereza

ternura

 

todo sobre la historia del patio y su sonido

se desvanece

sin un último horizonte

ay mi pequeña pérdida

que no encuentro en ningún lugar de la casa

 

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