CARLA MONROY. Carla Fernanda Sánchez Ceballos o en el gremio literario, Carla Monroy, es psicóloga, escritora y docente mexicana. Ha colaborado en distintas revistas literarias con ensayo y poesía. Fue publicada en su primera antología poética “Árnicas ¿cómo nacemos mujeres?” de la colectiva La Muy Fiera en 2024. Actualmente, estudia y explora la hibridación literaria como una propuesta decolonial para los procesos de escritura. Instagram: @carla.ez
La desdicha
Todo lo que cabe en una historia
se esconde en la sombra del sonido:
el canto de la noche al fuego en la memoria,
las estrellas susurrantes
le hablan a la herida
que se agrieta
entre polvo, alquitrán y tristeza.
La desdicha generacional cabe en un cenicero.
El humo de vidrio decapitó el lenguaje de mi padre.
La neblina y el asma no le dejaban aire suficiente
para pronunciar su presencia ante mi abuelo.
Bruma.
Espesor.
Bocas selladas.
Ceniza.
Todo lo que cabe en una casa
esconde el dolor de una historia.
Hay una fiebre en el fuego del silencio;
al cruzar la puerta, enfermedad pulmonar.
Sibilancias tan agudas como el abandono.
Veo la tensión en la mandíbula de mi padre,
casi escucho el rechinido de palabras magulladas
entre sus dientes.
Las manos nerviosas como de niño, como de decir papá
ayuda mírame di haz ven aunque sea algo
pero
hayunsilencioquecomprime
— oiga, jefe ¿pero cómo ha estado? ¿todo bien acá con mi mamá?
Mi abuelo apenas movía los ojos para decir sí.
No había esfuerzo para la pronunciación, no para su hijo,
no para el hijo débil y asmático.
La desdicha es una invocación a la herida
que mi padre dejó enterrada en el jardín,
pagado con las manos sucias de grasa de auto
de mi abuelo.
La casa, un cuerpo enfermo con la boca sellada.
Ser hombre, el síntoma constelado en el patio trasero.
Todo lo que cabe en el dolor,
la historia y su sonido
es un abismo,
al que mi padre
se ha lanzado
en silencio.
Un cuarto sagrado
El cuarto abierto
era la boca del animal.
Mi curiosidad de niña,
la carnada
y entré
cuando mi abuela no veía.
Camino pegajosamente sobre las cosas
y sus nombres
con las costillas llenas de asombro.
Calculaba la edad del monstruo dormido,
había vejez acumulada
en cada uno de los rincones.
El tocador era un mundo de revelaciones,
la lengua fría.
Pasé mis dedos y encontré aretes de mi abuela,
perfumes florales y encendedores,
todos sobre carpetas cosidas a mano.
Había algo vivo en el olor que desprendía
la arquitectura sagrada del monstruo,
un mensaje espiritual.
Un cuarto pequeño para una cama pequeña,
sábanas deslavadas como símbolo de divinidad.
Me quedé quieta frente a la imagen
de la Virgen de San Juan de los Lagos,
del pastillero de Tums.
Creí en la magia
en el encanto de la fábula del silencio
que me hizo mirarme al espejo.
Respirar con la niñez entreabierta.
Algo se escapa y no regresa.
Algo se da y no vuelve más.
Camino de puntitas a la ventana,
apenas mis ojos descubren el valor
de asomarse desde lo alto
y contemplar la vida
a solas.
mi pequeña pérdida
mi niñez se derrapa en banano
estrepitosa
en el patio de mi abuela
el sonido de unas llantas de plástico huecas
que desvanecen su color morado
en un baile rodante
al compás de las carcajadas humeantes
de las bocas alquitranadas de mis abuelos
y de mi tía que dice:
¡sujétate bien mija, no te vayas a voltear!
me aferraba entonces a sujetar sus manubrios morados
y banano sostenía mi cuerpecito inocente
tan ávido tan imperante
por descubrir horizontes de patio a patio
de ladrillo barnizado
de sombras calladas de ropa tendida
y todos los mundos misteriosos sembrados en el jardín
en cada impulso hacia adelante
o hacia atrás
un sentido de pertenencia
una complicidad como ninguna otra
en su vaivén aprendí a mirar alegre el mundo
recargo mi espalda
en la curva perfecta de banano
y cuánta memoria
fiereza
ternura
todo sobre la historia del patio y su sonido
se desvanece
sin un último horizonte
ay mi pequeña pérdida
que no encuentro en ningún lugar de la casa