125. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Jun. 2026 | PEDRO ALBUQUERQUE – Esa calle a la derecha

PEDRO ALBUQUERQUE (Aveiro, PT – 1992) mostró desde temprano una inclinación por las artes. Comenzando con la pintura, poco después sintió la urgencia de comunicarse por escrito. Su amor por la literatura llegó incluso antes de aprender a escribir, pidiéndole a su familia que pusiera en papel lo que sentía en el alma. Publicó “ExTratos Dramáticos” y “Contos Manhosos e Outras Histórias”. Actualmente, se encuentra publicado en 7 países. Instagram: @pedroalbuquerque.lit

 

 

 

DITA-DORES

 

Porque o pássaro voa
Damos o pátio ao cão
Porque o cão corre
Damos-lhe um portão

Porque o portão se abre
Damos-lhe um trinco
Porquê?

 

 

DICTA-DO(LO)RES*

 

Porque el pájaro vuela

            Le damos el patio al perro

Porque el perro corre

            Le damos una puerta

Porque la puerta se abre

            Le damos un pestillo

Por qué?

 

 

 

 

AQUELA RUA À DIREITA

 

Aquela rua à direita

Plena de jornais e vitrinas

Vaza o aroma dos álamos

Entre as margens do alcatrão

 

Aquela rua à direita

Como manta do teu lado corrida

É a rua à esquerda da minha.

 

 

ESA CALLE A LA DERECHA

 

Esa calle a la derecha

Llena de periódicos y escaparates

Vacía el aroma de los álamos

Entre los bordes del alquitrán

 

Esa calle a la derecha

Como manta corrida de tu lado

Es la calle a la izquierda de la mía.

 

 

 

INÉDITO

 

A PELE

Sentiu seu corpo. Sua estrutura de touro. Sua robustez de macho fértil. Sentiu seu cheiro de homem e o peso da barriga de cerveja.

Seu estômago dava voltas. O catarro prendia-lhe a fala. O gosto a fel começava a tomar-lhe a boca enquanto media seus bíceps de Olimpo ao espelho. Toda a sua virilidade era consequência do ganha-pão. Erguia edificios com as mãos. Grossas, as mãos. Compridos, os dedos. Pose de betão armado, imagem à prova de bala, irresoluta, sem um sorriso.

Sentiu, por último, o rosto. O rosto queimado. E, com uma toalha, humecedeu-o, aplicando-lhe a espuma habitual. Depois, iniciou os golpes de lâmina que revelaram sua verdadeira feição e sua timidez constrastante, nua, antes de entrar no duche.

O estômago continuava às voltas. A barriga inchava. Suas biqueiras-de-aço, assim como toda a roupa, ficavam no quarto. Deixara apenas o bigode, pelo sim pelo não. Tinha 45 anos.

Quando se embrulhou no roupão, pensava na mulher e nos filhos que poderia ter tido, mas logo partiu para resoluções mais concretas: o outfit, a maquilhagem, a cabeleira. Era sexta-feira e seus joelhos tremiam. Seus jeitos desconsolidados abriam para a noite. Depois do sol-pôr era tempo de mudar de pele.

Procurou os saltos favoritos, guardou o batom, o rímel e o verniz na pochete e a pochete guardou-a numa mochila onde levava os ténis mais práticos para correr, fosse caso de. E saiu de casa, em visão de túnel. Havia duas coisas que não mudavam nunca: a sensação de ser ele próprio e a sensação de não ser; e ambas lhe causavam medo.

Sentiu de novo seu corpo. Sentiu-se sob o vestido. Estava frio, os calcanhares doíam-lhe, mas não mais que os piropos que seus colegas aplicavam no dia-a-dia a toda e qualquer mulher a sério. Não se sentia uma, claro. Embora fosse sexta-feira e pudesse sentir-se. Que diabo… Por que não haveria? Era livre desde que se mantivesse próxima do círculo de amigos e fosse discreta. Queria viver na sua pele. Afinal, só tinha uma. Uma única, para dar forma ao conteúdo. Uma espécie de rede para a alma? Um saco onde o espírito ganha forças? Um saco de porrada, temia. Um saco pronto a estoirar por dentro. Ou a estoirar por fora, caso fosse descoberta.

 

 

LA PIEL

Sintió su cuerpo. Su estructura de toro. Su robustez de macho fértil. Sintió su olor a hombre y el peso de la barriga cervecera.

 

Su estómago daba vueltas. El moco le impedía hablar. El sabor a hiel empezaba a llenar su boca mientras medía sus bíceps de Olimpo frente al espejo. Toda su virilidad era consecuencia del trabajo. Levantaba edificios con las manos. Gruesas, las manos. Largos, los dedos. Posición de hormigón armado, imagen a prueba de balas, irresoluta, sin una sonrisa.

 

Sintió, por último, el rostro. El rostro quemado. Y, con una toalla, lo humedeció, aplicándole la espuma habitual. Después, inició los golpes de cuchilla que revelaron su verdadera faz y su tímidez contrastante, desnuda, antes de entrar en la ducha.

 

El estómago seguía revuelto. La barriga se hinchaba. Sus botines de acero, así como toda la ropa, quedaban en la habitación. Solo había dejabo el bigote, por si acaso. Tenía 45 años.

Cuando se envolvió en la bata, pensaba en la mujer y en los hijos que podría haber tenido, pero pronto pasó a resoluciones más concretas: el outfit, el maquillaje, el peinado. Era viernes y sus rodillas temblaban. Sus gestos desconsolados se abrían hacia la noche. Después de la puesta de sol atardecer era tiempo de cambiar de piel.

Buscó los tacones favoritos, guardó el lápiz de labios, la máscara de pestañas y el esmalte en la riñonera y la riñonera la guardó en una mochila más prácticas para correr, fuera caso de. Y salió de casa con visión de túnel. Había dos cosas que nunca cambiaban: la sensación de ser él mismo y la sensación de no serlo; y ambas le causaban miedo.

 

Sintió de nuevo su cuerpo. Se sintió bajo el vestido. Estaba fría, los talones le dolían, pero no más que los piropos que sus compañeros le dedicaban a diario a cualquier mujer en serio. No se sentía una, claro. Aunque fuera viernes y pudiera sentirse. Qué demonios… Por qué no habría? Era libre mientras se mantuviera cerca del círculo de amigos y fuera discreta. Quería vivir en su piel. Después de todo, solo tenía una. Única, para dar forma al contenido. Una especie de red para el alma? Una bolsa donde el espíritu gana fuerzas? Una bolsa de golpes, temía. Una bolsa lista para estallar por dentro. O para estallar por fuera, en caso de que fuera descubierta.

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