DAN DE LA CRUZ, vive en Buenos Aires. Periodista, ghostwriter, con formación en redacción creativa, SEO y UX writing. Se dedica a crear historias breves para medios y marcas digitales. Cuando escribe le gusta combinar una obsesión callada por la precisión y otra, un poco más ruidosa, por la emoción. Estudia Psicología y tiene un fuerte interés por el comportamiento humano.
EL SILENCIO DE PAPÁ
Hay días así, donde las realidades oníricas se juntan. Hay días y noches en los que atesoro los recuerdos de mi infancia. Y en todos mi padre está presente. La mayoría de esas memorias giran alrededor de mis cinco años. Ahí está papá con sus caballos. Él siempre fue un fundamentalista del campo y muy madrugador. Un hombre de esos que se ganan el pan, como él siempre decía cuando me hablaba de la vida.
Yo era su acompañante de campo. Él no salía de casa sin mí y yo no lo dejaba ir solo a ningún lugar. Pero una tarde, papá no me despertó de mi siesta: se fue sin avisarme, montado sobre Blanca, una yegua de crin abundante y fúlgida que en el horizonte parecía de nieve.
Me había dormido al lado de la máquina de coser de la abuela, mientras ella remendaba los pantalones de papá que se rompían cuando andaba a caballo. Me pasaba cada vez más seguido eso de quedarme dormido junto a la singer de la abuela. A veces Sambo, el perro negro de papá, me hacía compañía y se acomodaba conmigo. Pero justo ese día se había ido con él. Cuando desperté la abuela me dijo que me bañara porque mañana debía ir a la escuela.
Yo era un niño de apenas cinco años. Nunca pisé un jardín porque papá me enseñaba en casa todo lo que necesitaba aprender a esa edad. Con papá aprendí de memoria la tabla hasta el doce y a leer de corrido. Pero no lograba hablar con claridad ni escribir bien mi nombre, y ni hablar de pronunciarlo. Quizás por eso él no me dejaba ir al jardín. Pero llegaría el día, y faltando unas dos semanas para mi cumpleaños, me llevó por primera vez a la escuela. Al día siguiente no quise volver más. Lloré tanto y me agarré fuerte con pies y manos de los carritos que vendían golosinas en la entrada que papá se compadeció y me llevó de vuelta a casa.
Él solía decir que los niños sabían hacer amigos, que lo hacían mejor que los adultos. Yo no recuerdo haber sido muy amigable en mi primer día de escuela. Será por eso que apenas ingresé me gané de enemigo al hijo de la maestra. Ese día, entraba y salía del aula el profesor de la clase contigua. Se asomaba por la ventanita de la puerta de vidrio y llamaba a gritos a la maestra. Justo me tocó el aula de los niños más grandes, la única con puerta de vidrio entre tantas otras puertas de madera. La última, al fondo de todo, subiendo una escalera donde todo el mundo parecía que iba a recibir el gran premio por llegar primero.
Nunca vi ningún premio y tampoco entendía por qué todos subían corriendo, hasta que finalmente llegué al aula y no había un lugar para sentarme. Ahí entendí que el último se quedaba parado.
Fue así que la seño Maruja me llevó a su escritorio y Ricardito, su hijo que había repetido el primer grado dos veces, estaba en la primera fila justo frente a mí. Me clavó la mirada con ojos achinados y las cejas arqueadas y fruncidas.
Antes del recreo, la seño pasó hablando con su colega vecino unas cuatro veces, casi toda la clase. Fue así que Richard, como le gustaba a Ricardito que lo llamasen, aprovechó que su mamá no lo veía para patearme las canillas, dejándome una hinchazón que pronto derivó en una dolorosa e insoportable mancha de color azul amoratado. Le deseé la muerte en mi mente, pero luego me arrepentí y le pedí perdón a Dios. Papá decía que hay un dios que conoce nuestros pensamientos, así que no quería que piense que soy un niño malo y tampoco quería que alguien muriera por mi culpa.
Cuando por quinta vez Ricardito intentó pegarme en las canillas, que se ofrecían inermes e indefensas, sonó el timbre para el recreo. Se levantó y salió corriendo. Era uno de los niños más grandes de la clase. Mientras se alejaba por la puerta, le miré la espalda, luego la nuca, y ese intento de colita que tenía en el pelo bastante ridícula y sonreí a modo de burla. Qué suerte que nadie me mira, dije; pero no me había fijado que la seño Maruja me estaba viendo, que tenía los ojos negros, grandes y redondos. Era bella y vestía elegante, pero cuando levanté la mirada y vi sus ojos negros, grandes y redondos posados sobre mí, no había elegancia alguna ni belleza en ella. Me pegó un grito que me hizo dar un saltito en el asiento.
Ya tocó la campana, me dijo. Yo me quedé en silencio.
Me sostuvo la mirada por unos segundos, luego siguió riendo a carcajadas en el umbral de la puerta. Vio que estaba solo, invitó a su distractor a pasar y me machacaron a preguntas. Me preguntaban entre otras cosas por mi familia, sobre todo por mi padre. Yo sólo respondía sí y no.
¿No es tierno?, dijo la seño Maruja mientras me pellizcaba los cachetes con las uñas enormes y rojas. Sentí ardor como si me hubieran arrancado un pedazo de cara.
Es un lindo chico, respondió el profesor y me sacudió el pelo con una mano. Yo odiaba que me despeinen esa prolija línea al costado que papá me hacía en el pelo. Era horrible y parecía un lamido de vaca con las marcas del peine bien definidas en mi cabeza, pero odiaba a cualquiera que se atreviera a desordenarme el peinado. Miré al profesor como algunas veces miraba Sambo cuando le tocaban la comida mientras comía. Él caminó con pasos largos y ligeros hacia la puerta y se perdió. Maruja, en cambio, me siguió interrogando. En eso una abeja se posó en mi cara, justo arriba de mi ceja izquierda. Aterrado, queriendo sacarla, la maestra la aplastó contra mí y sentí el pinchazo. El grito lo escuchó hasta mi papá que estaba a muchos kilómetros en medio del campo.
Era cuestión de segundos para perder la visión de mi ojo izquierdo por lo hinchado que se puso, se inflamó tanto que cuando todos volvieron del recreo se descostillaron de la risa y me empezaron a decir “chino fujimori”. Yo no sabía quién era fujimori, porque seguro de haberlo sabido como ahora lo sé le habría pegado a más de uno, pienso. Pero conociéndome, no le habría pegado a nadie. El hecho es que no me enojaba que me dijeran “chino fujimori” porque no sabía de historia y porque papá no me dejaba ver la tele y porque no pensaba en otra cosa que en el dolor por la picadura de abeja.
Después escuché a mi abuela decir que fujimori esto y que fujimori lo otro. Lo amaban, lo odiaban y en la radio no paraban de hablar de fujimori. Entonces empecé a sentirme importante, aunque no sabía muy bien quién carajo era ese tipo.
En la escuela llamaron a papá y él, como siempre, vino a rescatarme enseguida. No importaba qué tan lejos estaba, papá siempre llegaba rápido montado sobre su yegua blanca. Así que ni bien llegó, estiró la mano, me hizo subir de un tirón y me abracé a su espalda.
En el camino papá preguntaba mucho y yo no quería hablar. Sólo quería llegar a casa para no volver más a la escuela y para dejar de escuchar su voz en mi cabeza. Cuando llegamos a casa, Sambo, el perro negro y viejo de papá, se le paró en dos patas para besarlo y jugar con él como acostumbraba. Papá lo ignoró, se sentó en el living en silencio, como cuando estaba enojado o triste. A mí en cambio Sambo me tiró al piso y me llenó la cara de su baba blanca y espesa. Por suerte la picadura estaba del otro lado, pensé. Cuando logré ponerme de pie me quedé en el umbral de la puerta y me sentía aliviado: ni el ojo ni la cara ni mi cuerpo físico me dolía. Pero el dolor no se había ido, y lo pude sentir cuando vi a papá sentado con lágrimas en los ojos mirando una foto, aquella foto recurrente últimamente en mis sueños, que sólo la puedo ver cuando cierro los ojos para atesorar lo vivido, para recordar el silencio, su silencio, mi silencio. Una foto que sólo he visto en sueños, que se borra cuando los abro. Esa foto guarda el silencio de los días en los que extraño a papá, al papá que vive en mis sueños y al que sólo en mis sueños pude conocer. Pero lo extraño, porque viene a mí en los días en que me siento como el niño de cinco años por dentro y por fuera soy el hombre de veinticinco. Hoy es un día de esos en los que mi yo de veinticinco me dice que huya de mi presente. Pero mi niño interior me pide que vuelva del futuro y despierte de este sueño.
Hermoso y triste relato, aún cuando alguna lagrimita caía, me envolví en esta historia.
Cuántos habremos vivido algo parecido o aunque sea nulo el recuerdo, saber de otras historias parecidas?
Sentí que había un salvador en ésa historia. Éso creo que nos hará, talvez, salvar a otros, aunque sea en la memoria.
Excelente, nada como volver a la infancia donde fuimos tan felices y millonarios,la ame y como siempre ganas de estar con mis papis 🫂😊