GERSON ISAÍ ALLENDE ISMIÑO. “Poesía que nace del amor y la pérdida, tejida con atardeceres, café y silencios. Tres actos—éxtasis, fractura, renuncia—donde el sol se apaga en versos. Voces de Neruda y Pizarnik habitan esta trilogía, pero la voz es única: íntima como un diario, universal como el mar. Un viaje del ‘siempre’ al ‘nunca más’, donde las lágrimas se vuelven arena. Hojas secas que aún susurran su nombre.”
Trilogía del Amor en tiempo Mayor
EL Pasado
Juan Carlos, nombre de príncipes
y caballeros
a lo largo de todos los tiempos.
Eres un príncipe que blande su espada
sin dejarse abrumar por la ira.
Al verte, veo el atardecer:
eres la puesta
del sol, allá donde ya no se ve
la danza de las olas,
cuando el sol se viste de dorado
incandescente,
se torna rojo bermellón
hasta volverse un naranja
que tiñe la tibia y húmeda arena.
Sí, esos colores que pincelan el cielo,
convierten el aire en un lienzo:
manchado de un ligero y tenue rosa,
con líneas y ondas celestes,
destellos púrpuras y naranjas rojizos.
Veo un camino de diamantes
que se extiende desde el horizonte
hasta casi tocar, dulcemente,
la tibia arena.
Es un camino que aparece
cuando el sol y el mar
se unen en un abrazo eterno.
Sí, mi amor,
ver tu mirada y tu sonrisa
es ver el ocaso.
Tu sonrisa es como un claro de luna
que alumbra la noche,
luz de luna que se escabulle
por las ventanas y rendijas de mi alma,
luz que cobija mis sueños con los tuyos.
Tus caricias nocturnas me llenan
del romance vespertino
del viento suave y fresco
de un amanecer con aroma
a mar Mediterráneo
y café recién tostado,
en una danza sensual
con el viento que besa
las verdes hojas,
las marchitas
*y* las que caen lentamente.
Hojas de sabios árboles
que pregonan nuestro amor
en su tambaleo,
que se acompaña
con el dulce trinar
de las avecitas
que anidan en nuestro corazón.
El Intento
Aceptamos.
No hubo gritos ni lágrimas,
solo el silencio de dos pájaros
que reconocen la jaula abierta.
Lo nuestro era evidente:
como la marea que besa la playa
sabiendo que debe retroceder,
como el café que se enfría
en la taza compartida.
*—¿Para qué fingir
que el sol puede quedarse? *
48 Versos en 5 años
El final
Nuestros besos comenzaron
a volverse ajenos. Se alejaron.
Aquel puente de fino cristal entre tus ojos y los míos
—ya desmoronado— nos dejó en extremos opuestos.
Ya no pudimos fundirnos en un beso eterno,
ni estar bajo la luna llena y azul,
ni bailar al son de ese saxo,
ni al blues que maullaba el gato.
Ahí estábamos: bajo la luz del faro que se hacía tenue,
tan tenue que se volvió lluvia,
tan gris como el cielo que devoraba el atardecer
—ese que cargabas en vano—.
Tú, con el calor de un sol que se apagaba;
yo, con mis labios parsimoniosos
entregándote un firmamento de hielo.
¿En qué momento lo soltamos todo? Las lágrimas gritan.
Dormíamos bajo el mismo cielo,
buscando el calor del otro en el mismo sueño,
en el mismo útero de sombras.
Pero nuestras manos ya no se buscaban.
Ya no. Nunca más.
Y nuestros besos fueron eclipses:
la luna y el sol ahogados en silencio,
mis labios fríos opacando tu luz.
¿En qué fallamos? Latían los corazones.
Las lágrimas se hicieron arena;
la arena, lágrimas.
Y ahí estábamos: dos horizontes partidos
—como los rieles del tren sobre el Sena—.
Tan cerca que podíamos vernos a través del cristal,
tan lejos que éramos solo reflejos
que el viento convertía en ocaso.
Nuestras almas navegaron en la misma góndola,
pero tú eras el gondolero
y yo, un reflejo en el agua.
Te lanzaste a abrazarme…
y solo te ahogaste en mí.
Al final, fuimos dos copas en el balcón,
dos copas que la lluvia empujó hacia su encuentro
y al romperse, dejaron
el sabor del vidrio en nuestros labios.
El viento se llevó nuestros besos,
nuestros sueños,
todo.
Solo quedamos tú y yo:
hojas secas
en el mismo otoño.
Otoño desando volver a ser, volver a ser retoño.