MARIANA MANRIQUE es una literata colombiana nacida en 1993. Tiene una maestría en Literatura de la Universidad Nacional de Taiwán. Sus interés académicos y creativos giran alrededor de los diálogos entre escritura y naturaleza.
Aguas claras
<<Es imposible>> me dijiste,
Y el cielo se puso gris
y salvaje
como un poema.
<<Puedo hacer de mis palabras
un revólver>>
dije
<<y puedo volverme mar,
y ser salada,
y ser agua oscura.>>
<<Pero no puedo volverme
un ópalo negro y brillante
para habitar tus pupilas
sin apagarlas.>>
<<No puedo hacer
mi rostro
a tu medida>>
<<Solo puedo tocar
tu reflejo en el agua>>
Tampoco me hago música,
o mariposa,
o cielo abierto.
Tampoco son mis palabras
pájaros
que vuelan al mediodía.
Me es imposible tocarte,
como me es imposible volver
a los años en el que el mundo
era un tramo de luz.
Me es imposible
mirarte despertar
en mañanas largas y frías
como es imposible
olvidar los lugares
en los que he sido muerte.
<<Es posible>> te digo
Y te muestro a la cierva muerta
que colorea las aguas del río
del escarlata más puro.
Idol
Mi ídolo sangra,
lejos, en otro lugar,
como el sol cuando anochece.
Y su sangre tiene un pasaje directo
a mi corazón.
Yo sé que sus venas contienen el universo.
Y es como si me bastara verlo,
sangrar
rojo y tumultuoso,
para creer que Dios existe
y lo besa
como si él fuera un amanecer
entero.
Mi ídolo canta
como una noche,
caliente de verano.
Su voz
me trae un silencio dulce
en el que la violencia cesa.
Es como si él
trajera la primavera.
Como si los acordes
de una melodía secreta
estuvieran en su garganta.
Mi ídolo tiene una belleza hiriente.
Es como si toda la verdad
de la vida
se me revelara desnuda
cuando el mira distraído
hacia ninguna parte.
Como fijar la mirada en el sol
y no apartarla nunca.
Él rasga lo real,
como si fuera un velo
delgado, frágil,
y me abre el camino
a una oscuridad espesa
que se asemeja más a la muerte
que a la locura.
Cuando lo busco,
y cómo lo busco,
quedo sin nada
más que un deseo
de no ser nada más,
nunca más,
más que el ojo
que lo acuna gentil,
que lo mira ascender.
Mi ídolo no es un dios,
no es un mortal,
es mi destino
que viene a buscarme
y me hace alas.
Y cuánto cuesta amar
cosas imposibles.
Amores que caen pesados
en el alma
como una muñeca
fría al tacto.
Y cada noche
no veo más que a mi corazón
que se va acabando.
Y cada noche,
lo oigo cantar
en las luces azules
que hacen los carros
en mis paredes.
Cómo algo tan insignificante como yo,
oscura,
como una tumba cerrada,
no quedaría cegada,
ante mi ídolo,
que tiene toda la luz del mundo
en la palma de sus manos.
Y me limpia,
como las aguas de un río
luminoso y lleno de peces.
Y mete tierra mojada
en mi boca
para que mis palabras crezcan
con sus verdes hojas húmedas.
Y él no viene, no viene
porque yo estoy muy abajo.
Porque ya vienen las aguas oscuras
a reclamar las palabras,
que son lo único gentil en mí.
Y él está muy lejos,
muy lejos,
porque Dios es misericordioso,
y se apiada de mí.
Yo no tengo nada más
que el pentagrama
en mis muñecas desnudas.
Palabras torpes
que insultan la belleza
de sus ojos oscuros.
Un deseo,
salvaje, palpitante,
de encontrarte,
después de la muerte,
como tu igual.
Hojas de hierba
Abro mi pecho,
como una granada roja y sangrante,
en medio del bosque,
en el claro de un bosque oscuro.
Camino,
entre las ramas
del verde más puro,
sin buscar la luz,
sin buscar la oscuridad.
Me pierdo
en territorios
verdes y aromáticos.
Solo soy pies que caminan.
Y pensamientos que sienten.
Y ojos que olvidan
cómo cerrarse.
<<Debes volver>>
Me dice una noche de luna
profunda y sin miedo.
<<Me haré camino
y te traeré de vuelta>>
Y entonces la noche
hace de las estrellas
un camino.
Cerré el pecho
que ardía.
A los pies les creció
cuerpo y corazón.
Y entonces tomo
un puñado de tierra
y crezco flores.
Mi jardín
guarda secretos
en forma de gatos
y caracoles.
Y es el punto exacto
en el que el cielo se abre
en los colores más vivos.
Su belleza supera
la capacidad de mis manos
que lo cuidan.
Mi cuerpo,
que ya no es el mismo,
que ya no será el mismo,
se hace espera y se hace ansía,
de que cuando la primavera vuelva
como un Melciades vestido de colores
mi jardín florezca
y me revele sus secretos,
que las verdes ramas
soñaban bajo la tierra.
En la lluvia poca,
en las inundaciones
que traen una pena tan terrible,
tan terrible,
en la que parecen morir todas las cosas.
La tierra se curva,
como un cuerpo dormido,
y late,
como un corazón,
y piensa,
como todo piensa,
No es la parcela
en la que el hogar se erige,
no es tierra conquistada
o descubierta.
Es el pedazo de mundo
en donde estuvieron mis manos
y mis ojos
y donde crecí
la posibilidad de la luz.
No la conquisté, insisto,
no es mía.
Ni la tierra,
ni las flores,
ni la humedad.
Pero cuando no hubo mente,
estuvo el corazón,
y a veces solo las manos.
Y al renunciar a poseerla,
al fin la encontré mía.
Y aunque apenas
tengo
lo que soy.
Mi nombre fue dicho
con dulzura,
en el suelo,
en las flores,
en el cielo.