183. Año 10 | 2ª Ed. Quincenal Ago.2025 | MARIANA MANRIQUE – Aguas claras

MARIANA MANRIQUE es una literata colombiana nacida en 1993. Tiene una maestría en Literatura de la Universidad Nacional de Taiwán. Sus interés académicos y creativos giran alrededor de los diálogos entre escritura y naturaleza.

 

 

 

Aguas claras

 

<<Es imposible>> me dijiste,

Y el cielo se puso gris

y salvaje

como un poema.

 

<<Puedo hacer de mis palabras

un revólver>>

dije

<<y puedo volverme mar,

y ser salada,

y ser agua oscura.>>

<<Pero no puedo volverme

un ópalo negro y brillante

para habitar tus pupilas

sin apagarlas.>>

<<No puedo hacer

mi rostro

a tu medida>>

<<Solo puedo tocar

tu reflejo en el agua>>

 

Tampoco me hago música,

o mariposa,

o cielo abierto.

Tampoco son mis palabras

pájaros

que vuelan al mediodía.

 

Me es imposible tocarte,

como me es imposible volver

a los años en el que el mundo

era un tramo de luz.

 

Me es imposible

mirarte despertar

en mañanas largas y frías

como es imposible

olvidar los lugares

en los que he sido muerte.

 

<<Es posible>> te digo

Y te muestro a la cierva muerta

que colorea las aguas del río

del escarlata más puro.

 

 

Idol

 

Mi ídolo sangra,

lejos, en otro lugar,

como el sol cuando anochece.

Y su sangre tiene un pasaje directo

a mi corazón.

Yo sé que sus venas contienen el universo.

Y es como si me bastara verlo,

sangrar

rojo y tumultuoso,

para creer que Dios existe

y lo besa

como si él fuera un amanecer

entero.

 

Mi ídolo canta

como una noche,

caliente de verano.

Su voz

me trae un silencio dulce

en el que la violencia cesa.

Es como si él

trajera la primavera.

Como si los acordes

de una melodía secreta

estuvieran en su garganta.

 

Mi ídolo tiene una belleza hiriente.

Es como si toda la verdad

de la vida

se me revelara desnuda

cuando el mira distraído

hacia ninguna parte.

Como fijar la mirada en el sol

y no apartarla nunca.

 

Él rasga lo real,

como si fuera un velo

delgado, frágil,

y me abre el camino

a una oscuridad espesa

que se asemeja más a la muerte

que a la locura.

 

Cuando lo busco,

y cómo lo busco,

quedo sin nada

más que un deseo

de no ser nada más,

nunca más,

más que el ojo

que lo acuna gentil,

que lo mira ascender.

 

Mi ídolo no es un dios,

no es un mortal,

es mi destino

que viene a buscarme

y me hace alas.

 

Y cuánto cuesta amar

cosas imposibles.

Amores que caen pesados

en el alma

como una muñeca

fría al tacto.

 

Y cada noche

no veo más que a mi corazón

que se va acabando.

Y cada noche,

lo oigo cantar

en las luces azules

que hacen los carros

en mis paredes.

 

Cómo algo tan insignificante como yo,

oscura,

como una tumba cerrada,

no quedaría cegada,

ante mi ídolo,

que tiene toda la luz del mundo

en la palma de sus manos.

 

Y me limpia,

como las aguas de un río

luminoso y lleno de peces.

Y mete tierra mojada

en mi boca

para que mis palabras crezcan

con sus verdes hojas húmedas.

 

Y él no viene, no viene

porque yo estoy muy abajo.

Porque ya vienen las aguas oscuras

a reclamar las palabras,

que son lo único gentil en mí.

 

Y él está muy lejos,

muy lejos,

porque Dios es misericordioso,

y se apiada de mí.

 

Yo no tengo nada más

que el pentagrama

en mis muñecas desnudas.

Palabras torpes

que insultan la belleza

de sus ojos oscuros.

Un deseo,

salvaje, palpitante,

de encontrarte,

después de la muerte,

como tu igual.

 

 

Hojas de hierba

 

Abro mi pecho,

como una granada roja y sangrante,

en medio del bosque,

en el claro de un bosque oscuro.

Camino,

entre las ramas

del verde más puro,

sin buscar la luz,

sin buscar la oscuridad.

Me pierdo

en territorios

verdes y aromáticos.

Solo soy pies que caminan.

Y pensamientos que sienten.

Y ojos que olvidan

cómo cerrarse.

 

<<Debes volver>>

Me dice una noche de luna

profunda y sin miedo.

<<Me haré camino

y te traeré de vuelta>>

 

Y entonces la noche

hace de las estrellas

un camino.

 

Cerré el pecho

que ardía.

A los pies les creció

cuerpo y corazón.

Y entonces tomo

un puñado de tierra

y crezco flores.

 

Mi jardín

guarda secretos

en forma de gatos

y caracoles.

Y es el punto exacto

en el que el cielo se abre

en los colores más vivos.

Su belleza supera

la capacidad de mis manos

que lo cuidan.

 

Mi cuerpo,

que ya no es el mismo,

que ya no será el mismo,

se hace espera y se hace ansía,

de que cuando la primavera vuelva

como un Melciades vestido de colores

mi jardín florezca

y me revele sus secretos,

que las verdes ramas

soñaban bajo la tierra.

 

En la lluvia poca,

en las inundaciones

que traen una pena tan terrible,

tan terrible,

en la que parecen morir todas las cosas.

La tierra se curva,

como un cuerpo dormido,

y late,

como un corazón,

y piensa,

como todo piensa,

 

No es la parcela

en la que el hogar se erige,

no es tierra conquistada

o descubierta.

Es el pedazo de mundo

en donde estuvieron mis manos

y mis ojos

y donde crecí

la posibilidad de la luz.

 

No la conquisté, insisto,

no es mía.

Ni la tierra,

ni las flores,

ni la humedad.

Pero cuando no hubo mente,

estuvo el corazón,

y a veces solo las manos.

Y al renunciar a poseerla,

al fin la encontré mía.

 

Y aunque apenas

tengo

lo que soy.

Mi nombre fue dicho

con dulzura,

en el suelo,

en las flores,

en el cielo.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *