228. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Oct. 2026 | ÁLVARO COLAZO – Perros que saben hacia dónde van

ÁLVARO COLAZO vive en Córdoba, Argentina. Es poeta, escritor y profesor de literatura. Publicó los poemarios After (Borde Perdido Editora, 2017) y Perros que saben hacia dónde van (Triángulo Editorial, 2026), al que pertenecen estos poemas. Es guionista y creador de la audioserie Laberinto de espejos (Audiolibros Colección, 2023). Instagram: @alvaro.colazo

 

 

Tres menos cuarto de la mañana

por fin, papá se durmió.

Apaga el televisor

limpia restos de miga entre las sábanas

y sale al pasillo.

Camina muy despacio

mientras se asoma unos segundos

en cada habitación

trescientos tres trescientos cinco trescientos siete.

Atrás de cada puerta

alguien camina por una soga muy fina

alguien apura una herencia

alguien se desentiende del mundo

alguien recuerda una pieza de hotel en un pueblo de provincia.

Y en medio de todos

como un observador imparcial

como el ojo de un dios viejo y cansado

ese pasillo

por el que camina

tratando de hacer

el mayor

silencio

posible.

 

 

El que nació espera en la caja transparente

junto a otros que también esperan

bajo la mirada de Clelia.

Alguien se lo llevará, le pondrá nombre, festejará su primera navidad

pasando de brazo en brazo por tía, primo, abuela, pero estas personas

no le importarán, porque estará atento a las luces que explotan en la noche.

Sus primeros recuerdos se mantendrán atados a objetos, que deseará

tanto como a la leche de su madre

como al cosquilleo que sentirá entre sus piernas

mientras la mira hacer, en la cocina, y le quedarán grabadas esas canciones

hasta los cinco que tropezará en la vereda, traumatismo leve, anestesia

imágenes sin forma que se parecen a esas luces que explotan en la noche.

Abrirá los ojos, y será Clelia quien limpie sus piernas

no se recordarán.

A los tres días, regreso a los objetos que lo definen.

Hasta que el llanto ya no le sirva para llegar a sus deseos

Hasta que el cosquilleo sea por otra, esa tan parecida a él, en un lugar

con tantos parecidos a él, y una mujer de pie, tan parecida a mamá.

Siete años, y luego seis más

la distancia es algo que se aprende mientras se aleja

ya no le importará ella, ni él, ni abuela, ni tío, ni las luces en la noche

ni los objetos de sus recuerdos, porque se definirá en eso que nunca va a tener.

Esa chica, ese cuerpo, esa moto, esa vida que él mismo querrá construirse.

Mostradores, escritorios, oficinas, tazas de café, botellas de cerveza

y los sueños de la noche en el que se confunden las formas abstractas, las luces

que explotan, el rostro sin rostro de una mujer que será Clelia pero él no lo sabrá.

Y ella tampoco.

El cosquilleo será para otra que no es su madre, se hundirá en la leche de sus piernas

y le pondrá nombre al que espera en la caja transparente.

Golpeará el vidrio con sus dedos, mientras pensará: éste sí hará lo que yo

no pude hacer. Pero no, no será así. Porque él también aprenderá de la distancia.

Pasarán luces que explotan, restos de esquirlas, botellas de sidra

papeles, abogados, gerencias, vacaciones, otras leches de otras piernas.

Aprenderá de la soledad. De los ojos que ya no miran, de él mismo

observado en los ojos del hijo que creció, resignado a la rueda de lo que no tendremos.

Y números de quiniela, botes de pesca, tardes apagadas en la puerta de casa.

Hasta la tarde en que el pecho se agriete y ya no sea Clelia quien limpie sus piernas.

Y el goteo, la sangre seca, las jeringas, la gelatina de hospital

el tiempo muerto entre las larvas, y el escape a las luces que explotan en la noche.

Y ya no quede más distancia, ni leche, ni luz. Sólo la caja gris.

La caja fría que Julio empuja hacia el lugar donde otros esperan.

 

 

Carmen anota epitafio a pedido del anciano agonizante de la 216:

Una siesta de verano

en un patio de luz

soñó este momento

mientras los adultos dormían.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *