235. Año 10 | 1.ª Ed. Quincenal Nov. 2025 | HUASCAR MADRIGAL – Calma

HUASCAR MADRIGAL nació en Santo Domingo, República Dominicana, casi al final de una primavera hace ya tres décadas y media. Aspirante a poeta, busca capturar la belleza de los instantes efímeros y dejar en el papel la magia de un atardecer, una nube o una flor. Escribe para que lo fugaz no se pierda del todo, y para recordar que lo sencillo también puede ser extraordinario. Comparte parte de su sensibilidad y de su mirada del mundo en Instagram: @huascarmad.

 

 

Rojo Flamboyán

 

Un pétalo, de una flor

que no nació aquí, pero parece,

que vino de lejos,

y sin embargo florece.

 

¿Quién le impide atravesar el verano?

Su ímpetu rojo resiste,

Se abre como un fuego lento

que sólo el otoño enfría.

 

Pero a veces se impone,

Porque siente que merece un tiempo más,

Para adornar la mirada,

Para vibrar la memoria,

Para flotar sobre la tarde

y volar con el viento,

como si todo fuera eterno.

 

Y en ese gesto breve,

Antes de caer al suelo,

Revela –fugaz y altiva –

El resplandor intacto

De su rojo flamboyán.

 

 

Calma

 

La luz de la mañana,

una tenue caricia que apacigua el alma,

me recuerda que aún existe la calma,

que aún hay un respiro escondido en la tierra.

 

Quisiera que callara el ruido,

que quedara solo en el aire

el sonido de lo necesario:

el aleteo de un ave,

la danza laboriosa de una abeja,

el ladrido fiel de un perro.

 

Todo menos el eco del hombre,

todo menos el gemido de la máquina,

esa voz áspera que trae consigo

desidia y destrucción.

 

Ojalá al hombre lo reclame el olvido,

y en su ausencia vuelva la vida,

plena, intacta,

con la pureza de lo que nunca

debió ser interrumpido…

 

 

Brevedad…

 

Cuánto quisiera, oh atardecer,

poder escribirte unos versos

que realmente lleguen hasta ti.

 

Quisiera dejar en mi libreta

la tristeza serena que se apodera de mí

cuando intento eternizarte.

Pero entonces recuerdo

que esa es tu magia:

no durar.

Y no me queda más que amarte

en tu brevedad.

 

Y de brevedad estoy hecho yo:

tan leve,

que mi alma podría compararse

con la ingravidez

de una burbuja de jabón.

 

Ahí vuelvo, una y otra vez,

a debatirme entre el peso y la levedad.

Hago una pausa,

miro al cielo…

miro mi libreta:

solo llena de líneas y garabatos

que intentan formar unos versos

que halaguen el dorado del cielo

cuando cae la tarde.

 

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