43. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Feb. 2026 | XIMENA NOEMI VELAZQUEZ HUELGAS – Escucha ese sonido al romperse

XIMENA NOEMI VELAZQUEZ HUELGAS es originaria de México, Puebla, Pue., tiene 22 años, y se encuentra en Instagram como xhximena. Es estudiante de noveno semestre de literatura en la UDLAP y forma parte del Programa de Honores. Obtuvo tercer lugar en el 11º Concurso de ensayo estudiantil de la UDLAP y primer lugar en la categoría de poesía en el V concurso literaria “Los días enmascarados” de la UDLAP. Desde el período otoño 2025 es jefa de editores en la revista ESPORA.

 

 

 

 

I

 

Hombre torcido-torcido

—debes saberlo—

Con mis molares, hoy devoré el tuétano de mi padre

por el cansancio de comer,

cada día,

el bagazo de mi corazón delator.

 

Se me hizo machaca,

por siempre vivir

chupando un vacío filial

que me contagió

la baba de tu madre.

 

Reptando, padre, siseó a mi ombligo:

este es el tipo de amor

que merecen los buenos niños.

 

Fui, entonces,

un Adán torcido:

residuo de menarquia virginal

a quien bis inhumó

en la ciudad del llanto

y el jardín de vid donde se repta

y sangra:

la humillación de ser carne.

 

Me alcé, como Mamá:

solo y desollado,

a excretar crúor

como mis hermanos,

los hambrientos.

 

Cargué este cuerpo torcido

y la vergüenza de la cruz

que padre coció a mi carne

en tu nombre.

 

Y concebí,

del semen de su pecho,

el hambre progenitor;

y mi placer, que,

como el de todos tus hijos,

proviene de la asfixia

de cenar sus amnios.

 

 

II

 

 

Escucha ese sonido al romperse,

— ¿Qué dicen esos demonios? —

Son la persistencia de los recuerdos de la infancia,

las horas lechosas de cristal:

El cuerpo supurante de mamá;

cuya carne podrida se vuelve mi hambre,

porque quien huye de su madre, anhela.

 

Bendicen a quien conoce la primavera,

la mujer violentada por el viento que me canta

cuentos para dormir, sobre ti, hombre torcido-torcido

a quien mi padre, obligado a rumiar,

rogó un hijo, que justificó haber dejado a mamá desnuda,

en un camino de piedrecitas confitadas.

 

Entonces, Mamá, se levantó sola y lisiada

a plantar tristeza cítrica:

un hongo en la punta de la cabeza.

Y alimentar,

alimentar el hueco entre tus piernas

que creció tercer pie,

—una lengua de cicuta.

 

Escucha ese sonido que se rompe,

— ¿Qué dicen mis demonios? —:

Madre, me concebiste sin sonido,

y me criaste entre ritmos repetidos de un padre que implora

un cordero de luto para devorar,

bajo coros pluviales de un pensador gris,

de un dios torcido e in-misericordioso que,

a su Madre, anhela.

 

Son la persistencia del hambre de los hijos-madre,

la violencia que sube y baja de nuevo

por las colinas de acebo

porque el dolor de la madre es el alimento del niño;

de la boca al culo, que vomita bilis,

devoro el cuerpo de mi Madre:

vientre materno con sabor a diatriba.

 

Escucha ese sonido que se rompe,

— ¿Qué dicen tus demonios? —

Cantan: Hombre torcido, torcido,

como todas las bestias,

el que huye,

a su madre anhela.

 

 

III

 

El terror, según Lacan, reside en las fauces del cocodrilo,

en los dientes de leche,

no inocentes por neonatos;

pues querían morder los ojos,

la pulpa esa que se encuentra en alas serafines.

 

Mamá que siempre odió el flujo y el calostro

me dio a luz xenomorfo, cuajo;

niño de espadas, carente de órganos;

me vomitó carroña, bautizó Rabia.

 

Mamá te impidió, hombre torcido, torcido,

aun cuando la mordí:

desmembrarme joven,

hurgar mis intestinos beatos

masticar el páncreas cancroideo

ser el pan y el vino del dogma encarnado;

me guardó,

en los bolsillos de su boca,

en la mandíbula coja

de Santa Apolonia.

 

Juré, entonces, excoriar

las saetas de centauro,

la lepra de levitas

la menarca de Francesca:

la violencia que ejercí;

y devorar sus pecados,

tragar melaza-pánico,

la amarga aflicción de madre sin cuerpo.

 

Hombre torcido, torcido,

Si sabias mi tendencia a morder, ¿por qué dejaste me crecieran dientes?

 

 

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