6. Año 11 | 1.ª Ed. Quincenal Ene. 2026 | GENARO AGUILAR SAUCILLO – Raíces

GENARO AGUILAR SAUCILLO es un poeta mexicano. Saucillo ha sido reconocido en algunos certámenes de poesía joven, como aquellos convocados por la Escuela Nacional Preparatoria. Editor-en-Jefe y fundador de Paratextos, una revista literaria de publicación virtual que fue finalista en la incubadora de revistas literarias convocada por CLMP y Chill Subs (2025). Lector de poesía para Fahmidan Journal. Autor del próximo libro de poemas Jauría. Su obra puede ser hallada en Trampset, y será publicada en Dialogist y Nueva Poesía (Buenos Aires Poetry, 2026).

 

 

 

 

Raíces

 

Mi padre no acostumbraba a usar crema de afeitar. Tampoco tenía rutinas, de ahí que tirara las puertas antes de tocar. Nada en su vida tuvo bordes redondeados. Golpeaba con las palabras como si quisiera derribar sus propios muros. Se nos recomendaba desapropiarnos de ello: arrancar la flor de un arbusto, despojar el tallo de sus pétalos. Mi padre, no mi padre. Mi padre, no mi padre. En algún punto el arbusto se marchitó, y le siguieron su hijo y su techo. Él gustaba de la jardinería, y no gustó del paisaje árido de ese día. El techo se había desplomado, no hallaba su navaja, y mi cuerpo yacía húmedo, raído. La tierra se volvió infértil. No pareció importarle. Ahora enjabona su rostro y ha reemplazado al pasto con cactáceas.

 

 

 

Ácido

 

Me arrastré al baño. Me sostenía de las paredes, como si fueran a escaparse al desliz de una yema. Aventé la puerta; temí que me empujara de vuelta. El agua hirviente mascaba mis pies rocosos. No cedían. Así de simples son los finales, cínicos, como el punto y aparte de cada jadeo desperdiciado. En mi mente, dejé el celular prendido por si llamaban de vuelta. Después noté la ironía, pues la llamada me había sido rechazada. La culpabilidad era incierta. Todas las piezas del rompecabezas pertenecían a imágenes distintas. Nunca concordarían, sin importar cómo arreglara las palabras, en qué entonaciones se me escaparan los ruegos. Consideré la ruta fácil. Me asqueó pensar en que se me encontrara así. Tendido. Abrupto. Cuando el regusto cedió del metal –como si una varilla hubiera acribillado mis rodillas– tropecé hasta caer del quinto piso. Pies de granito. Asfalto. Acera. La avenida se desplegó como una esquela desfundándose. Al llegar cojeando vino el procedimiento. Cada pregunta de la enfermera me devolvía al rompecabezas donde todas las piezas eran la misma. Frío. Frío, frío. La enfermera observaba fijamente mi cabello. Ayuda. Mi piel era traslúcida. Nadie vio a través de ella. Dios, yo decidí no volver a llamar. Preferí la dignidad, el dolor como lo viven los gatos convalecientes, postrados en sus lechos crónicos. El dolor del gato que se abre el vientre, un mar rojo. Apenas lograba emitir el más leve gemido. Pensé que el póster del Triage sería lo último que vería, pero sólo exhalé una de las nueve vidas. Descartaron que tuviera el corazón desbordado en las manos, o la piel implosionada. Así, me desecharon de la sala de espera. La helada siguió inmiscuyéndose por el calzado durante una semana. De ella conservo poco, una bruma que me ofusca algo más genuino. Los espejos decían que el agua hirviente había deslavado mi rostro. No sé cuándo volví a esculpirlo. Ahora sé que las paredes del baño me soltaron. Temo a las alturas, y a las aceras.

 

 

Carmesí

 

Ahora temo a las alturas, y a las aceras. Temo a saber que hay algo mío

tras la puerta. Temo a otra puerta tras la puerta. Temor a lugares insólitos,

temor al veneno doméstico, temor de venenos insólitos

en cada recoveco del asiento. Temor a sentirme parado,

temor a sentarme en la ausencia. Temor a las alturas de los cielos más angostos,

temor al dorado de ellos en tu cabellera, temor a que el dorado

me deje en la ceguera. Temo aproximarme a la mirilla,

observar el pasillo extenderse como la marea, ver tu silueta tocando

en cada una de las puertas. Temo a la silueta que vi de niño,

temo a que haya sido lo último que viera. Tu silueta como el detergente

con el cual fregar el piso. Temor a que borre la necia sombra que permea.

Temor a los finales felices. ¿Sigues aquí? ¿Seguiremos, 

sin importar que la historia hierva? Temor al destello en el retrovisor,

temores nocturnos en salas de espera. Temor a estar

en la sala de espera, temor a ser la persona en el cuarto dorado.

Los árboles altos y fugaces tras la ventana del auto,

ese ligero quemar en las yemas

deslizándose tras sus cuerpos delgados. Una historia completa hasta que no lo es,

porque has leído la tapa del libro, porque sabes en qué comienza

y quién escribe el posfacio. Temor a que el VHS

que yace polvoso tras tu cabecera te parezca un bodrio, porque yo creía

en cada escena fugaz montada como un modelo del sistema solar,

tan sólo queriendo palparlo antes de que la luz también desaparezca.

Temor a que, después de pasar estas horas incontables ante el pitido clínico,

nuestro pasto se halle ahogado en las malezas. Temor a levantarte de la cama,

y hacerte de cenar y volver a quemar tu lengua.

Tengo miedo a tener que abrirnos al silencio, a que tu lengua deslice por inercia

¿Seguiremos aquí? ¿Pese al zumbido de la tetera? ¿Hundidos entre la maleza, 

ahogados en los matorrales, ignorando que en el pasillo 

esta es la única puerta abierta? Si hubiera podido capturar algo, 

quemaría cada capítulo del libro, enterraría su esencia. 

El tocadiscos dejó de funcionar desde aquel día, tus dedos cesaron de ser 

la balada que recorría las teclas inhóspitas, que asentaban el compás 

a nuestras marchas opuestas… Tenle terror al polvo, repudia de no volver

a oír la música, esa única canción que odias, teme a las alturas

de los árboles que caen solos, rehuye a las aceras

donde yacen historias muertas. Guarda temor a las palabras envueltas,

o revueltas, sofocadas, al bamboleo, al aproximarme al punto final del libro. Si no eso,

¿cómo le llamarías a lo que hemos hecho? ¿Un amor verdadero?

¿Un manchón carmesí en la carretera? Yo le llamo temor

a probar la sangre en tu lengua, temor a saber que es mía. Terror a desear que lo fuera.

Guarda respeto al diluvio

que siempre deslava a lo que se halla certero. Me pedías resguardarte, y te di un castillo.

Me dijiste que dejara de cantar. Pedías salvación, y te di mis manos

para palpar las fracturas en cada candado. Te di las llaves a mi cuerpo,

te di mis costillas, te di la árida brisa de verano, te di el dorado en mis venas.

Te di la funda, y te di la daga. Hazlo tú. Yo ya estoy fuera del cuarto.

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