BETZABETH JARAMILLO es poeta y escritora venezolana, defensora de derechos humanos y mujer en exilio. Su escritura nace de la experiencia vivida y del testimonio. Aborda la memoria, el desarraigo y las ausencias. Ha publicado textos en revistas digitales y fanzines independientes. Concibe la palabra como una forma de resistencia.
Una cucharada de petróleo
No dijeron nada
cuando la bota de mi hermano pisaba mi cara.
No dijeron nada
cuando alguien bailaba
mientras otras vidas se apagaban.
No dijeron nada
cuando se fue la luz
y aprendimos a contar los días por velas.
No dijeron nada
cuando el agua dejó de llegar
y el cuerpo también empezó a secarse.
No dijeron nada
cuando nos torturaban.
Cuando nos callaban.
Cuando nos quebraban por dentro.
Tampoco dijeron nada cuando el hambre nos dejó en los huesos.
Callaron.
Con el silencio espeso de los cómplices
y de los amigos.
Después hablaron.
Hablaron de petróleo.
Una cucharada de petróleo,
eso parecía valer nuestra vida.
Una cucharada
por cada golpe,
por cada celda,
por cada nombre borrado.
Una cucharada de petróleo
por cada abrazo que no dimos,
por cada hogar que dejamos atrás,
por cada madre aprendiendo a llorar sin ruido,
por cada dignidad ensangrentada.
Pero no fue el petróleo el que nos separó.
Fueron quienes lo custodiaban.
Quienes levantaron muros en su nombre,
quienes convirtieron la riqueza en control,
el poder en castigo,
y la patria en una jaula.
Unos cuidaban la brea
mientras el país pagaba las consecuencias.
Y en esa custodia ciega
nos rompieron a todos.
Porque la fosa era la misma
para los que no teníamos su oro.
La tierra no distingue barriles.
El final no pregunta por reservas.
Ambos pagamos el precio.
Nos cambiaron las vidas
por barriles.
Los rostros
por cifras.
Las historias
por exilio, dolor y división.
Hablaron de reservas,
de mercados,
de geopolítica.
Nosotros hablábamos
de volver a casa.
Porque en nuestras casas
no había petróleo.
Había risas.
Había familia.
Había una vida que no pedía cucharadas.
Una cucharada de petróleo
por cada bala que no salió en las noticias,
por cada grito apagado en una celda,
por cada niño obligado a crecer lejos.
Nos crucificaron lentamente
y luego preguntaron
cuánto valían los clavos.
Esta fue nuestra cruz:
no de oro,
no de madera,
no de poder,
sino de brea negra,
negra y espesa,
pegada a la piel.
No queremos su petróleo.
Queremos la vida que era nuestra.
No quiero seguir sepultando amigos
No quiero seguir sepultando amigos,
ni ver cómo los sueños terminan
bajo tres metros de tierra fría.
No quiero abrazar las tumbas
de quienes pudieron ser mis padres,
mis hermanos, mis hijos.
He llorado a mares por Edwin,
por Pipo,
por Juan Pablo Pernalete,
y Neomar Lander.
Por tantas vidas apagadas
como si fueran velas en la tormenta,
vidas reales, personas que nunca más volveremos a ver.
Intentas distraerte, pero no puedes.
El dolor no se va.
¿Quién nos devuelve las vidas quitadas?
¿Quién nos devuelve el tiempo perdido?
Esto no es casualidad ni desgracia.
Son crímenes de lesa humanidad.
Un régimen que miente, tortura, encarcela,
que persigue a quienes se atreven a soñar,
a quienes reclaman libertad.
También pude haber sido yo.
Me torturaron,
me secuestraron,
llenaron mi casa con odio.
Y cuando no pudieron conmigo:
fueron por mi familia.
Las madres han perdido a sus hijos,
los niños a sus padres,
los valientes, su libertad.
Todo por la sed insaciable
de un dictador que asesina sin piedad.
Mientras quede una voz,
sus nombres no serán olvido.
Mientras quede memoria,
la verdad seguirá gritando.
No quiero seguir sepultando amigos.
No quiero seguir enterrando sueños.
Plegarias en la ducha
La regadera me cubre,
como si quisiera disimular
las lágrimas que no se callan.
Cada gota que cae
se confunde con mi llanto,
y me pregunto si el agua
sabe… guardar plegarias.
Allí, desnuda de todo,
sin títulos, sin fuerzas,
le hablo a Dios entre susurros líquidos:
“Señor, no nos olvides,
que aún respiramos en tu nombre.”
Aguardamos tu respuesta.
El agua me arrulla,
me limpia la sal del dolor,
y se vuelve confesionario,
entre el nudo en mi ombligo
y la súplica que no alcanza voz.
Quizás el agua disimule un poco
que mi corazón se quiebra en trocitos,
y corro en mis gotas,
rogando al cielo que derrame
maná en nuestras bocas.