PAZ RAMÍREZ SÁNCHEZ DE LA BLANCA (Granada, España) se licenció en Filología Hispánica, realizó el Máster de Español y obtuvo la suficiencia investigadora. Ha publicado poemas y relatos en varias revistas y ha participado como cronista para Festival Eñe 2025. Su primer poemario Mitología de la Iguana (y otros seres sonámbulos), ha sido publicado en la Colección Genil que dirige el poeta Antonio Carvajal (Premio Nacional de Poesía 2012). Actualmente, tras rigurosas pruebas, cursa estudios en Máster de Narrativa en la Escuela de Escritores en Madrid donde prepara su primera novela.
Las tres estampitas
Había tres estampitas
en el salpicadero.
La de una santita de Aguascalientes
que protegía a los locos de atar.
La de la Virgen del Carmen,
patrona de los marineros,
que concedió a la abuela
el deseo
de ser feliz
durante un largo día
de su larga vida.
Y la mujer del calendario
manoseado
que mostraba los pechos
por aburrimiento.
Estaban allí
en el salpicadero.
Y las tres tenían mi rostro.
El himen de las poetas
Y si en los finales que escribo
nadie sabe de perdices
no es culpa del escepticismo
sino del carnaval agrio de los lunes,
de todos los que erraron sus apuestas
y descubrieron que la fábula es
pálpito sienes engranajes médula,
desconcierto loba (rota) libélula;
para quienes contamos la vida sin dígitos
—pero no acertamos jamás—,
y sentimos una pena
de eremita
por los competidores
y sus medallas que,
sin reparo,
nos prohíben
la esencia de las espumas
el vientre de los monstruos ahogados
los líquenes de los herejes
los tentáculos de las sabias
el llanto de las niñas torpes
el himen de las poetas sordas
Y después se niegan.
Se niegan tres veces.
Y se mueren para siempre
La liebre blanca
A ti. Que perseguiste conmigo a la liebre blanca
Anoche destrocé el filo de aurora
que fue la espesa quietud
de tu aroma inacabado
en el portal anacrónico
de un frío que jamás sentiríamos
a eso de los veinte años.
Fuiste entonces cobijo de anhelos,
cuando el cuerpo se sabe eterno
y todavía cree en la resurrección
de los muertos.
En el instante exacto
en el que olvidamos
todas las plegarias
marchitas de tormentos
de las santas sin pechos
—ni pupilas—
que nos daban tanto miedo.
Imposible creer
que tendríamos ocasión
para elegirnos
pero preferiríamos ser
un lugar
transitado de olvido.