MARIENNE GONZÁLEZ CRUZ nació en Bayamón, Puerto Rico, y tiene 36 años. La mueven las palabras, los libros, las pinturas y todo aquello que despierte emociones. Escribir es una de sus formas de respirar cuando el mundo pesa o cuando simplemente necesita darle forma a lo que siente. Se describe como una persona intensa, porque vive y siente todo con fuerza; amante del arte y de las vivencias que marcan, duelen, enseñan o transforman. Cree en el poder de imaginar, en el valor de descubrirse sin miedo y en que, si se atrae lo bueno, todo llega… aunque sea un día a la vez.
POETISA
Tengo un mediodía que vive conmigo,
una mitad invisible en brazos de Morfeo,
fantasma que juega con mi pelo
y me susurra venenos dulces.
Sinvergüenza tatuada de historias,
libros y flores en la piel,
guardiana de silencios e impulsos
que concreta, aunque luego la hieran.
Camina en vaivén,
con tambores en sus piernas,
lujuria en la espalda
que pone de rodillas a cualquiera.
Ama el sudor en el cuello,
las manos grandes,
el olor de los cuerpos,
y las miradas que desnudan.
Coquetea con ser poetisa,
poseída y libre,
caripela que provoca dependencia,
vagabunda en mí,
invitando adicciones bajo su falda,
perdiendo la decencia en su boca.
Quiero hallarla en un callejón,
sola con su carta,
dedicando un poema,
como un conjuro secreto.
Usurpadora, lo sabes:
no eres protagonista,
esto es de parte y parte,
caminamos juntas
sin prisa, con calma.
Pero el mediodía muere pronto:
deja solo calor y una luz fugaz,
antes de rendirme
a la caída del sol.
BRUJA
Reverencia perdida,
hábitos placenteros que la llevan
citada a la sentencia del pecado.
Así la castigaron desde sus comienzos:
ordenanzas de seguir un camino
limpio
y en total rectitud.
Sin embargo,
en su imaginación nadan deseos perversos
o rebeldía ante la imposición.
Azotes de conciencia eran su paga.
No buscó suprimir el conocimiento,
pero lo marcado gritaba dentro de ella,
brotando entre sus piernas,
en su boca
y en sus ojos.
No te asustes con su mirada.
En ella puedes encontrar esa energía desalineada:
tu sombra
y tu luz.
Ese espejo que te enfrenta con fuerza.
Caballos recorren su cuello,
lazados hasta resucitar su furia.
Lobas viejas se retuercen
sobre los secretos de su carne.
Presa de la euforia que la toma y la eleva,
sin piedad ni misericordia,
entra en persecución
de su propia bestia.
Ríe
y llora al mismo tiempo.
Busca claridad
en esa novela perfecta que se escribe en sueños,
pero la vida se encarga de robarle
los vestigios de su mente,
y solo contesta cartas.
SUS OJOS…
Sus ojos son un desastre hermoso.
Perdición y misterio,
como si no supiera
dónde está parado.
A veces me miran
como pidiendo ayuda,
como diciendo:
no sé qué hacer,
no quiero sentir nada,
solo estoy aquí porque tú estás.
Y de momento,
esos mismos ojos cambian
y me miran con una pasión que me parte,
con deseo, con oscuridad,
con esa lujuria
que solo él sabe.
Su boca…
Es una invitación directa.
A besarlo,
a morderlo,
a mojarme
más abajo del ombligo.
Sus marcas.
Ese camino cerca del ojo izquierdo
que siempre me llama la atención.
¿Cómo hago con mis ganas
de cuidarlo y sanarlo,
aunque no pueda?
Por eso lo miro tanto:
porque a veces siento
que, si lo miro lo suficiente,
puedo sostenerlo,
puedo ayudarlo,
puedo ser el lugar
donde él cae sin romperse.
Y sí…
yo sé que él no lo dice,
pero cuando lo miro,
siento que entiende.
Siento que me deja entrar un poquito.
Y ese poquito, para mí,
ya es mucho.