HUASCAR MADRIGAL nació en Santo Domingo, República Dominicana, casi al final de una primavera hace ya tres décadas y media. Aspirante a poeta, busca capturar la belleza de los instantes efímeros y dejar en el papel la magia de un atardecer, una nube o una flor. Escribe para que lo fugaz no se pierda del todo, y para recordar que lo sencillo también puede ser extraordinario. Comparte parte de su sensibilidad y de su mirada del mundo en Instagram: @huascarmad.
Rojo Flamboyán
Un pétalo, de una flor
que no nació aquí, pero parece,
que vino de lejos,
y sin embargo florece.
¿Quién le impide atravesar el verano?
Su ímpetu rojo resiste,
Se abre como un fuego lento
que sólo el otoño enfría.
Pero a veces se impone,
Porque siente que merece un tiempo más,
Para adornar la mirada,
Para vibrar la memoria,
Para flotar sobre la tarde
y volar con el viento,
como si todo fuera eterno.
Y en ese gesto breve,
Antes de caer al suelo,
Revela –fugaz y altiva –
El resplandor intacto
De su rojo flamboyán.
Calma
La luz de la mañana,
una tenue caricia que apacigua el alma,
me recuerda que aún existe la calma,
que aún hay un respiro escondido en la tierra.
Quisiera que callara el ruido,
que quedara solo en el aire
el sonido de lo necesario:
el aleteo de un ave,
la danza laboriosa de una abeja,
el ladrido fiel de un perro.
Todo menos el eco del hombre,
todo menos el gemido de la máquina,
esa voz áspera que trae consigo
desidia y destrucción.
Ojalá al hombre lo reclame el olvido,
y en su ausencia vuelva la vida,
plena, intacta,
con la pureza de lo que nunca
debió ser interrumpido…
Brevedad…
Cuánto quisiera, oh atardecer,
poder escribirte unos versos
que realmente lleguen hasta ti.
Quisiera dejar en mi libreta
la tristeza serena que se apodera de mí
cuando intento eternizarte.
Pero entonces recuerdo
que esa es tu magia:
no durar.
Y no me queda más que amarte
en tu brevedad.
Y de brevedad estoy hecho yo:
tan leve,
que mi alma podría compararse
con la ingravidez
de una burbuja de jabón.
Ahí vuelvo, una y otra vez,
a debatirme entre el peso y la levedad.
Hago una pausa,
miro al cielo…
miro mi libreta:
solo llena de líneas y garabatos
que intentan formar unos versos
que halaguen el dorado del cielo
cuando cae la tarde.