8. Año 11 | 1.ª Ed. Quincenal Ene. 2026 | PAZ RAMÍREZ SÁNCHEZ DE LA BLANCA – La liebre blanca

PAZ RAMÍREZ SÁNCHEZ DE LA BLANCA (Granada, España) se licenció en Filología Hispánica, realizó el Máster de Español y obtuvo la suficiencia investigadora. Ha publicado poemas y relatos en varias revistas y ha participado como cronista para Festival Eñe 2025. Su primer poemario Mitología de la Iguana (y otros seres sonámbulos), ha sido publicado en la Colección Genil que dirige el poeta Antonio Carvajal (Premio Nacional de Poesía 2012). Actualmente, tras rigurosas pruebas, cursa estudios en Máster de Narrativa en la Escuela de Escritores en Madrid donde prepara su primera novela.

 

 

 

 

Las tres estampitas

 

Había tres estampitas

en el salpicadero.

 

La de una santita de Aguascalientes

que protegía a los locos de atar.

 

La de la Virgen del Carmen,

patrona de los marineros,

que concedió a la abuela

el deseo

de ser feliz

durante un largo día

de su larga vida.

 

Y la mujer del calendario

manoseado

que mostraba los pechos

por aburrimiento.

 

Estaban allí

en el salpicadero.

 

Y las tres tenían mi rostro.

 

 

El himen de las poetas

 

Y si en los finales que escribo

nadie sabe de perdices

no es culpa del escepticismo

sino del carnaval agrio de los lunes,

de todos los que erraron sus apuestas

y descubrieron que la fábula es

pálpito   sienes   engranajes   médula,

desconcierto    loba     (rota)     libélula;

para quienes contamos la vida sin dígitos

—pero no acertamos jamás—,

y sentimos una pena

de eremita

por los competidores

y sus medallas que,

sin reparo,

nos prohíben

 

la esencia de las espumas

el vientre de los monstruos ahogados

los líquenes de los herejes

los tentáculos de las sabias

el llanto de las niñas torpes

el himen de las poetas sordas

 

Y después se niegan.

 

Se niegan tres veces.

 

Y se mueren para siempre

 

 

 

La liebre blanca

 

A ti. Que perseguiste conmigo a la liebre blanca

 

Anoche destrocé el filo de aurora

que fue la espesa quietud

de tu aroma inacabado

en el portal anacrónico

de un frío que jamás sentiríamos

a eso de los veinte años.

Fuiste entonces cobijo de anhelos,

cuando el cuerpo se sabe eterno

y todavía cree en la resurrección

de los muertos.

En el instante exacto

en el que olvidamos

todas las plegarias

marchitas de tormentos

de las santas sin pechos

—ni pupilas—

que nos daban tanto miedo.

Imposible creer

que tendríamos ocasión

para elegirnos

pero preferiríamos ser

un lugar

transitado de olvido.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *