ÁLVARO COLAZO vive en Córdoba, Argentina. Es poeta, escritor y profesor de literatura. Publicó los poemarios After (Borde Perdido Editora, 2017) y Perros que saben hacia dónde van (Triángulo Editorial, 2026), al que pertenecen estos poemas. Es guionista y creador de la audioserie Laberinto de espejos (Audiolibros Colección, 2023). Instagram: @alvaro.colazo
Tres menos cuarto de la mañana
por fin, papá se durmió.
Apaga el televisor
limpia restos de miga entre las sábanas
y sale al pasillo.
Camina muy despacio
mientras se asoma unos segundos
en cada habitación
trescientos tres trescientos cinco trescientos siete.
Atrás de cada puerta
alguien camina por una soga muy fina
alguien apura una herencia
alguien se desentiende del mundo
alguien recuerda una pieza de hotel en un pueblo de provincia.
Y en medio de todos
como un observador imparcial
como el ojo de un dios viejo y cansado
ese pasillo
por el que camina
tratando de hacer
el mayor
silencio
posible.
El que nació espera en la caja transparente
junto a otros que también esperan
bajo la mirada de Clelia.
Alguien se lo llevará, le pondrá nombre, festejará su primera navidad
pasando de brazo en brazo por tía, primo, abuela, pero estas personas
no le importarán, porque estará atento a las luces que explotan en la noche.
Sus primeros recuerdos se mantendrán atados a objetos, que deseará
tanto como a la leche de su madre
como al cosquilleo que sentirá entre sus piernas
mientras la mira hacer, en la cocina, y le quedarán grabadas esas canciones
hasta los cinco que tropezará en la vereda, traumatismo leve, anestesia
imágenes sin forma que se parecen a esas luces que explotan en la noche.
Abrirá los ojos, y será Clelia quien limpie sus piernas
no se recordarán.
A los tres días, regreso a los objetos que lo definen.
Hasta que el llanto ya no le sirva para llegar a sus deseos
Hasta que el cosquilleo sea por otra, esa tan parecida a él, en un lugar
con tantos parecidos a él, y una mujer de pie, tan parecida a mamá.
Siete años, y luego seis más
la distancia es algo que se aprende mientras se aleja
ya no le importará ella, ni él, ni abuela, ni tío, ni las luces en la noche
ni los objetos de sus recuerdos, porque se definirá en eso que nunca va a tener.
Esa chica, ese cuerpo, esa moto, esa vida que él mismo querrá construirse.
Mostradores, escritorios, oficinas, tazas de café, botellas de cerveza
y los sueños de la noche en el que se confunden las formas abstractas, las luces
que explotan, el rostro sin rostro de una mujer que será Clelia pero él no lo sabrá.
Y ella tampoco.
El cosquilleo será para otra que no es su madre, se hundirá en la leche de sus piernas
y le pondrá nombre al que espera en la caja transparente.
Golpeará el vidrio con sus dedos, mientras pensará: éste sí hará lo que yo
no pude hacer. Pero no, no será así. Porque él también aprenderá de la distancia.
Pasarán luces que explotan, restos de esquirlas, botellas de sidra
papeles, abogados, gerencias, vacaciones, otras leches de otras piernas.
Aprenderá de la soledad. De los ojos que ya no miran, de él mismo
observado en los ojos del hijo que creció, resignado a la rueda de lo que no tendremos.
Y números de quiniela, botes de pesca, tardes apagadas en la puerta de casa.
Hasta la tarde en que el pecho se agriete y ya no sea Clelia quien limpie sus piernas.
Y el goteo, la sangre seca, las jeringas, la gelatina de hospital
el tiempo muerto entre las larvas, y el escape a las luces que explotan en la noche.
Y ya no quede más distancia, ni leche, ni luz. Sólo la caja gris.
La caja fría que Julio empuja hacia el lugar donde otros esperan.
Carmen anota epitafio a pedido del anciano agonizante de la 216:
Una siesta de verano
en un patio de luz
soñó este momento
mientras los adultos dormían.