María Mercedes Carranza | A una lectura póstuma

María Mercedes Carranza, poeta y periodista colombiana nacida el 24 de mayo de 1945. A temprana edad se mudó a Europa con sus padres, el poeta y diplomático Eduardo Carranza y Rosa Coronado. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes. Además de su obra poética se mantuvo activa en la escena cultural y literaria colombiana mediante su labor crítica, su colaboración en revistas y la dirección de espacios como la Casa de Poesía Silva.  Fue elegida para la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Luego de meses de angustia por el secuestro de su hermano, se suicidó el 11 de julio de 2003. Su única hija, Melibea Garavito Carranza, reafirma el legado cultural de tres generaciones como escritora, tallerista y fotógrafa.

 

 

A una lectura póstuma de María Mercedes Carranza

 

Obertura y selección

de Marta Jazmín García

 

 

Mírame. Nada se termina en la escritura. Un poema, después otro y así, a continuación, círculos de agua para quien lance una piedra. Mírame. Digo estas cosas por una voluntad distinta. La ruta más larga para retornar al cuerpo que una vez tuve será esa sombra en el libro. Así la libélula en su pequeñez de luz como el silencio finge ser un hueco. Tan cierta la apariencia, los reflejos.  Cierto que duele la tierra y su peso de camino invertido. Duelen los ojos y la noche sin refugio.  Mírame. Latidos que me orbitan: Pizarnik, Storni, Pavese.  Otros, sin embargo, secuestraron mis raíces que eran mis dedos aferrados al papel, la foto en Bogotá con el sombrero y una leve sonrisa.  Aquí solo recuerdo algunos versos.  Dije muchos. Sigo creando.  “Donde debieran estar los pensamientos sublimes”.  Ventanas entreabiertas como pidiendo un abrazo. El cielo resguarda pequeñas rimas en mi nombre. Dije muchos versos. Dije mi país y un listado de ausencias. Una niña que llamé como el amor de una torre al jardín de los placeres.  Neblí de otra estación dolorosa, pero tuve la valentía de buscarte. Mírame. Mi cuerpo es esa transparencia acumulada de los años donde abrazas mi lenguaje.  Lo has visto. No repitas la muerte de un espejo. Yo tuve la belleza de una voz que fue a buscarte. La rendición del miedo.

 

MJG

 

 

Selección de poemas

 

 

 

Tengo miedo

 

Todo desaparece ante el miedo. El miedo, Cesonia;

ese bello sentimiento, sin aleación, puro y desinteresado;

uno de los pocos que saca su nobleza del vientre.

(Albert Camus, “Calígula”)

 

 

 

Miradme: en mí habita el miedo.

Tras estos ojos serenos, en este cuerpo que ama: el miedo.

El miedo al amanecer porque inevitable el sol saldrá

y he de verlo,

cuando atardece porque puede no salir mañana.

Vigilo los ruidos misteriosos de esta casa que se derrumba,

ya los fantasmas, las sombras me cercan y tengo miedo.

Procuro dormir con la luz encendida

y me hago como puedo a lanzas, corazas, ilusiones.

Pero basta quizás solo una mancha en el mantel

para que de nuevo se adueñe de mí el espanto.

Nada me calma ni sosiega:

ni esta palabra inútil, ni esta pasión de amor,

ni el espejo donde veo ya mi rostro muerto.

Oídme bien, lo digo a gritos: tengo miedo.

 

 

Conversación con mi hija

 

Muchas cosas pasarán sobre tu cuerpo

lluvia, deseos, labios, tiempo

gastarán tu piel y por dentro tu alma.

A menudo tendrás que saludar

a la fe, a la esperanza, a la caridad.

Son cuestiones inevitables,

usa la cortesía y santas pascuas.

Te acosarán a respuestas blanco sobre negro

y viva la civilización, te gritarán

y cuando entiendas por fin que el mundo

es redondo habrás perdido para siempre.

 

Sobre tus hombros la llevarás,

a la civilización te digo,

vestida de gringa, o de sueca o de japonesa:

esta dama lee a Platón,

se bendice las axilas con desodorantes,

toma coca-cola y no permite

que la saluden con el sombrero puesto.

Usa siempre la cortesía y

no se te olvide, hija

lavarte los dientes todas las mañanas

y apagar la luz antes de dormir.

 

 

Arte poética

 

Igual que la imagen de mi cara en el espejo
me recuerda cómo me ve la luz,
en mis palabras busco oír el sonido
de las aguas estancadas, turbias
de raíces y fango, que llevo dentro.

No eso, sino quizás un recuerdo:
¿volver a estar en uno de aquellos días
en los que todo brillaba, las frutas en el frutero,
las tardes de domingo y todavía el sol?
El golpe en la escalera de los pasos
que llegaban hasta mi cama en la pieza oscura
como disco rayado quiero oír en mis palabras.
O tal vez no sea eso tampoco:
solo el ruido de nuestros dos cuerpos
girando a tientas para sobrevivir apenas
el instante.

Yo escribo sentada en el sofá
de una casa que ya no existe, veo
por la ventana un paisaje destruido también;
converso con voces
que tienen ahora su boca bajo tierra
y lo hago en compañía
de alguien que se fue para siempre.

Escribo en la oscuridad,
entre cosas sin forma, como el humo que no
vuelve,
como el deseo que comienza apenas,
como un objeto que cae: visiones de vacío.

Palabras que no tienen destino
y que es muy probable que nadie lea
igual que una carta devuelta. Así escribo.

 

 

Kavafiana

 

El deseo aparece de repente,
en cualquier parte, a propósito de nada.
En la cocina, caminando por la calle.
Basta una mirada, un ademán, un roce.
Pero dos cuerpos
tienen también su amanecer y su ocaso,
su rutina de amor y de sueños,
de gestos sabidos hasta el cansancio.
Se dispersan las risas, se deforman.
Hay cenizas en las bocas
y el íntimo desdén.
Dos cuerpos tienen su vida
y su muerte el uno frente al otro.
Basta el silencio.

 

Aquí entre nos

 

Un día escribiré mis memorias, ¿quién
que se irrespete no lo hace? Y
allí estará todo. Estará el esmalte
de las uñas revuelto
con Pavese y Pavese con las agujas y
una que otra cuenta de mercado. Donde
debieran estar los pensamientos
sublimes pintaré
tus labios a punto de decirme
buenos días todos los días. Donde
haya que anotar lo más importante
recordaré un almuerzo
cualquiera llegando al corazón
de una alcachofa, hoja a hoja.
Y de resto,
llenaré las páginas que me falten
con esa memoria que me espera entre cirios,
muchas flores y descanse en paz.

 

Oración

 

No más amaneceres ni costumbres,
no más luz, no más oficios, no más instantes.
Solo tierra, tierra en los ojos,
entre la boca y los oídos;
tierra sobre los pechos aplastados;
tierra entre el vientre seco;
tierra apretada a la espalda;
a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra;
tierra entre las manos ahí dejadas.
Tierra y olvido.

 

Maldición

 

Te perseguiré por los siglos de los siglos.

No dejaré piedra sin remover

Ni mis ojos horizonte sin mirar.

 

Dondequiera que mi voz hable

Llegará sin perdón a tu oído

Y mis pasos estarán siempre

Dentro del laberinto que tracen los tuyos.

 

Se sucederán millones de amaneceres y de ocasos,

Resucitarán los muertos y volverá a morir

Y allí donde tú estés:

Polvo, luna, nada, te he de encontrar.

 

 

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